La supervivencia de una moneda común de la que hoy dependen los endeudados países del sur, la pretensión socialdemócrata de elevar la utopía de la igualdad -que Hannah Arendt llamó la cuestión social- a materia constituyente en lugar de garantizar la libertad en procura de la prosperidad, la seguridad común o la integración de la inmigración en el acervo de valores y derechos fundamentales que caracteriza la cultura occidental son algunas cuestiones perentorias cuya resolución marcará definitivamente el rumbo secular del continente. Debido a su trascendencia, es preciso que las decisiones se produzcan habiendo intelectualizado el contexto de transformación que ha generado la globalización y definido qué tipo de Unión se persigue; si ha de primar la ciudadanía europea, la libertad de los mercados o la soberanía de los Estados.
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