PRIMERA FERMATA(1)
El tiempo, ese desconocido secular en el que involuntariamente inmersos desarrollamos toda nuestra vida sin acabar de percatarnos de ello es, a veces, un quebrado camino por el que nos zaleamos desde nuestro origen, a veces, una sinfonía en la que flotamos suspendidos en onírica ensoñación.
Empero tanto si andamos el pedregoso camino, como si sobrevolamos la dulce melodía, es imprescindible el calderón, la fermata o la corona; en suma, la parada, el descanso, la tregua. Todo el mundo debería tener la oportunidad de hacerlo, de retener el curso de la vida sin pararse, de interrumpir el compás sin quebrar la armonía. Eso han sido para mí los viajes que he tenido la dicha de poder realizar en mi vida, no importa dónde, no importa cuándo, pero viajar es necesario para todo aquel que desee convertir su trayecto vital en algo que tenga sentido.
Hoy, nochebuena de dos mil veintitrés, comienza el relato de mi primera parada, mi primer calderón en el que trascendí las fronteras de mi país, porque es ésto y no otra cosa el acto de viajar, salir de nuestro entorno social y cultural, salir del territorio. Si la escapada es por el interior, el viaje no pasa de excursión.
PARÍS 1963
Paso del Ecuador de los alumnos de la Facultad de Derecho de Valencia año en que, según la normativa de la época, alcanzaría mi mayoría de edad: veintiuno.
Lo primero era la propuesta a mis padres que accedieron sin vacilaciones, lo segundo organizar mi cabeza y mi trayecto. Gestioné el pasaporte porque España estaba a la sazón muy lejos de integrarse en la Comunidad Europea y Paco Noguera, un primo hermano de mi madre, me recomendó el uso de Traveler’s checks, unos bonos de viaje especialmente diseñados en dólares USA, que eran reconocidos en casi todo el mundo. Fuimos al Banco donde él trabajaba y me subió hasta el despacho del director para presentarme como cliente. Escena: yo era estudiante de Derecho, sin economía propia, dependiente total de mis padres, ambos trabajadores de la incipiente clase media de la década prodigiosa y cuando el director me preguntó la cantidad, en pesetas, que iba a adquirir su cara mostró la fiel imagen de su pensamiento. No recuerdo la cantidad pero ciertamente no requería la intervención de tan “alto cargo”.
La organización del viaje ofrecía la posibilidad de llegar los últimos días hasta Londres y solo unos pocos contratamos aquella opción. La salida, en autocar, fue triunfal, desde la calle de Játiva frente al Instituto Luis Vives todos cargados con más ilusión que equipaje. No recuerdo haber hecho noche por el camino, pero supongo que debimos hacerlo porque las carreteras no eran precisamente autopistas. Sí recuerdo una parada técnica en Lyón para comer, una especie de bar de carretera en que tan solo nos pudieron servir enormes bandejas de espagueti con queso rayado como plato único. Nos atiborramos.
Llegada a París, ya anochecido, la Torre Eiffel espléndidamente iluminada, mientras todo el autocar comenzó a cantar al unisono el pasodoble “Valencia” del Maestro Padilla.
Recorrí los Campos Elíseos, fotografié el Arco de Triunfo, visité Los Inválidos, con la tumba de Napoleón, el Gran Teatro de la Ópera, en el que me estrené como espectador de “Rigoleto” y donde me aficioné al género, Montmartre, Sacré Coeur, Moulin Rouge, con mi primer espectáculo de chicas en topless, y el Moulin de La Galette. Todo un baño de cultura.
Por el Sena, crucé a L’ile de la Cité, y oí misa en Nôtre Dame. Un sacristán se me acercó y me ofreció subir al altar para ayudar al sacerdote en el oficio. Me vi inexplicablemente sorprendido, un español en la Francia protestante, ayudando a una misa católica en la Catedral más importante de París. Rechacé, no sin un incontenible rubor, la propuesta.
LONDRES
Mientras algunos compañeros permanecieron en París, donde los recogeríamos a la vuelta, los privilegiados que contratamos la excursión opcional fuimos trasladados hasta la costa del Mar del Norte, Calais, donde embarcamos en un Ferri para cruzar el Canal de la Mancha hasta Dover. Recuerdo que el trayecto fue nocturno, llegando a la costa británica con las primeras luces del alba. Allí tuvimos que buscar la Estación Ferroviaria y acceder a un tren, un tanto cutre desde la perspectiva actual, que nos llevó hasta Londres. Casi no habíamos dormido en el Ferri y todos caímos de bruces sobre una especie de mesa que había entre los asientos del vagón. Habíamos depositado el equipaje de mano sobre los estantes que habían en la parte superior sobre nuestras cabezas y en algún punto, de algún lugar, de algún sitio una de aquellas maletas cayó sobre la cabeza del pasajero, aparentemente inglés, que viajaba en el mismo departamento que ocupábamos nosotros. El ruido y su grito hizo que todos levantáramos la cabeza, saliéramos momentáneamente del sopor y sin mediar palabra nos miramos unos a otros sin terminar de entender lo que acababa de pasar. Seguimos durmiendo hasta llegar a Londres.
Hotel de bonita fachada en Lexham Gardens, donde coincidimos con un grupo de chicas italianas, estudiantes como nosotros, con las que fue fácil entablar conversación y pronto nos preguntaron por el régimen político de Franco. Parece que, desde el exterior, esa era la máxima curiosidad que despertaba España.
Cada habitación era compartida por dos de nosotros, y yo lo hice con mi ilustre compañero Jesús Barrachina Luna, de la saga de los célebres Establecimientos Barrachina, de la Plaza del Caudillo (hoy del Ayuntamiento), presidente perpetuo de la Comisión Fallera de la calle Convento Jerusalén, popular empresario restaurador valenciano, ligado al Valencia Club de Fútbol y que hace algunos años nos dejó.
Picadilly Circus, Madame Tussaud, el Támesis, el Parlamento y el Big Ben, y creo que el mejor episodio fue ver una ceremonia de cambio de guardia en Buckingham Palace. Todo un espectáculo.
En uno de aquellos paseos por las calles londinenses, el grupo de amigos tuvo la genialidad de proponer entre ellos esconderse en algún portal o establecimiento, de tal manera que quedé aislado, sin saber inglés, y quizá con la desafortunada broma de ver si era capaz de desenvolverme solo. En un bolsillo de mi chaqueta llevaba una tarjeta del Hotel cuyo nombre recuerdo especialmente por este episodio. Paré un taxi, intenté pronunciar la dirección, varias veces, Lexham Gardens, Lexham Gardens… pero tras varios intentos infructuosos decidí enseñarle la tarjeta. Llegué al hotel y estuve esperando poder gozar de sus caras al verme sentado en la entrada y ver que había llegado sin problemas y antes que ellos. No dije absolutamente nada y me comporté como si nada hubiera pasado, lo que les dejó todavía más atónitos.
El retorno hasta Valencia carece de episodios destacables.
Un saludo, amigo lector.
FIN de la PRIMERA FERMATA
1.- FERMATA, también conocida como corona o calderón, en notación musical es un signo que indica un punto de reposo, suspendiendo momentáneamente el compás y alargando la duración de las figuras musicales a las que afecta.


