SEGUNDA FERMATA
Además de muchos años, desde la primera fermata pasaron muchas más cosas.
Las suficientes para haber ejercido como letrado en prácticas en dos despachos consolidados, el de D. José Cordero Cordero y en el de D. Francisco Amorós Ibor, haber puesto en marcha un negocio familiar mediante la creación de la mercantil JUSTO COLL S. L., haber ejercido como profesor de autoescuela, compra-venta de automóviles y mecánico, todo ello en la misma organización que llamé “Jurídico-Administrativa”, haber asumido el cargo de Secretario General de la Federación Valenciana de la Madera y haber constituido y fundado la Federación Española de Organizaciones Empresariales de la Industria del Mueble. Todo esto adobado y acompañado de dos matrimonios, divorcio mediante, y seis hijos, cuatro del primero y dos del segundo.
Mi segundo matrimonio, que felizmente perdura en el presente, lo contraje a mi imagen y semejanza, por lo civil, sin más acompañamiento que los testigos, mi hermano y el hermano de mi esposa y tuvo lugar el 15 de Marzo de 1991 después de haber nacido nuestros dos únicos hijos. Ceremonia rápida, fotos en los Jardines de Monforte con mi propia cámara y a seguir con la rutina laboral, eran fechas de declaraciones tributarias.
Siempre estaré reconocido a mi querida esposa por su abnegación, por su infinita paciencia y por su loable comprensión. Por ello he pasado toda mi vida procurando compensarla con mi adoración, con mi respeto y con mi amor.
EL NILO 1992
Tras siete años de convivencia, incluidos los dos de matrimonio y ya normalizado nuestro proyecto de vida en común, era llegada la hora de llevar a cabo nuestra primera fermata juntos, la segunda para mí y organicé un crucero por el Nilo, hablando con propiedad: contraté una agencia que nos lo organizara y fue todo un éxito.
Egipto era desde mi infancia mi lugar de referencia, y mi destino preferido. En el aeropuerto de Manises nos encontramos con otra pareja, de luna de miel, y en el Prat coincidimos con otras tres, dos matrimonios jóvenes, uno vasco y otro alicantino, y otro matrimonio consolidado catalán.
La química funcionó rápidamente entre nosotros y todo el trayecto fuimos los diez en comandita a cargo del gran Hagmed, nuestro ilustre guía de habla hispana, gran conocedor de la cultura española y de España, donde había cursado estudios.
El Cairo, primer destino y primera comida en un “italiano” que hallamos en los bajos de nuestro hotel. Desde allí observamos un gran barco fluvial, de estilo claramente faraónico en el que parecía celebrarse una fiesta. Nuestra estancia en la capital egipcia preveía una visita al Museo Egipcio de El Cairo, con sus fastuosas estatuas, momias y féretros de más de cuatro mil años de antigüedad, la fábrica de alfombras y la de papiros, BES Papyrus Institute, donde hice las compras para el recuerdo que me valieron el calificativo de “gato gordo” por parte de Hagmed que me dijo que así se llamaba allí a los “peces gordos”. Estando en negociaciones con el empleado que nos atendió, que hablaba perfecto castellano, le pregunté dónde podría contratar entradas para aquella barcaza egipcia que se deslizaba por el Nilo, y se ofreció a proporcionarnos todo un servicio. En dos taxis nos recogería en el hotel a las cinco parejas, nos llevaría hasta el embarcadero donde tendríamos hecha la reserva para un crucero por el Nilo de unas dos horas de duración, cena, música, baile y fiesta.
Los taxis esperaron en el embarcadero hasta que regresamos y nos devolvieron de madrugada al hotel, todo por un módico precio por pareja que a todos nos pareció aceptable. Y así se hizo.
Era el Ramadán y los lugareños estaban de ayuno religioso hasta el anochecer que comenzaba el festín de dátiles. La noche era joven para los musulmanes y todos andaban de fiesta por la calle, lo que aprovechamos para deambular por infinitas callejuelas y escondidas barriadas de El Cairo sin saber muy bien por dónde andábamos, pero nos habían asegurando insistentemente que podríamos pasear con toda tranquilidad porque nadie osaría atentar nada contra ninguno. Y así se hizo.
Amanecido el siguiente día en el espléndido hotel que nos hospedaba, desayunamos con las primeras horas del día en una explanada del interior del hotel, plagada de palmeras y con las primeras vistas de las pirámides de Ghizá en el horizonte. Traslado en autocar hasta la propia base de las pirámides, pelea con los camelleros que tiraban de mí para que me subiera al suyo, hasta que intervino Hagmed para solventar el conflicto y apaciguar los ánimos.
Tras un paseo en camello por un terreno desértico visitamos el interior de Keops, la mayor de las tres y luego a la Esfinge. Espléndido. Por la noche espectáculo musical y luminoso con las tres pirámides y la Esfinge de fondo. Sugestivo.
El recorrido por el Valle de los Reyes, con las tumbas desenterradas, el monumental Templo de la Reina Hatsetsup, las estatuas parlantes – los colosos de Memnón –, Karnak y su paseo de las esfinges, todo un baño de historia antigua donde, en afirmación de Hagmed, las piedras hablan. Y mis recuerdos de la célebre novela de Agatha Christie me llevaron a mi primer síndrome de Stendhal.
Y por fin el Nilo, el protector de Egipto, con sus subidas y bajadas, ahora ya controladas tras la construcción de la Presa de Asuán.
Vestimenta de chilaba y turbante. Recorrido en el pescante de la Calesa que nos acercó hasta el embarcadero de Lúxor donde subimos a la llamada motonave, barco-hotel que nos traslado en placentera navegación a lo largo del el Nilo, durante cuatro noches, cinco días, hasta Asuán, salvando varias esclusas donde las peleas entre los capitanes de las motonaves que se agolpaban para entrar los primeros resultaron ser un espectáculo de entrada libre.
Paradas en Esna, Edfu, Komo Ombo, Phylae, y visitas a sus respectivos templos milenarios, incluido el Museo del cocodrilo en Komo Ombo. Aeropuerto y vuelo hasta Abu Simbel, templos de Ramsés II y Nefertari, majestuosos y salvados de las aguas del Lago Nasser de donde, en los años sesenta del pasado siglo, fueron rescatados con la ayuda de distintos países entre los que se encuentra España, que recibió como recompensa el Templo de Debod en Madrid.
Fiesta en el barco, cena especial, baile del vientre y retorno hasta El Cairo, para volar de regreso a España.




