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ENTRE EL CANCER Y LA GANGRENA (Solo para iniciados)

Holy Week in Tequixquiac Español: Semana Santa...No soy médico, pero he vivido entre ellos desde mi infancia. No estoy seguro de saber qué es peor si el cáncer o la gangrena, quizá cualquiera de ambos siempre que no sean tratados a tiempo.

El cáncer requiere descripción temprana, a la par que localización puntual y anticipación a la metástasis. Luego, por supuesto, diagnóstico acertado y tratamiento adecuado. A partir de ahí todo queda en manos de la sabia naturaleza.

La gangrena ofrece ciertas ventajas iniciales, aunque con reservas. Suele afectar a zonas epidérmicas superficiales y en general tiene mayor incidencia cuando tiene su origen en el tratamiento tardío de heridas infectadas. Pero – al igual que en el cáncer – si se demora el diagnóstico y/o la intervención clínica puede suponer, en el mejor de los casos, la amputación  total o parcial de algún miembro. Como en la anterior crisis, a partir de ahí todo queda en manos de la madre naturaleza.

Quiero dejarlo bien claro: estas afirmaciones solo tienen el apoyo de mi experiencia como observador de la vida y mi proximidad a amigos y familiares médicos, por ello pueden adolecer de toda la falta de rigor científico que se le quiera adjudicar, porque realmente carecen de él.

GolgotaMi confesada impericia no importa a los efectos de este post, porque es mi intención manejar estos conceptos a título exclusivamente parabólico, dialéctico quizá, porque en múltiples ocasiones en nuestras relaciones humanas, también llamadas sociales, nos encontramos rodeados de uno de estos dos «factores necrosantes» – en el diccionario de la RAE no existe el término necrosante pero los doctores lo utilizan en su jerga profesional – que va lenta pero indeleblemente contagiando a las células más próximas y más débiles. Personalmente considero que esta clase de comportamientos son dudosamente sociales pero indubitadamente humanos.

Podríamos decir que esto es muy humano, pero no es socialmente tolerable, no es cívico y no sé si es producto de una imperfecta civilización o son residuos ancestrales de nuestro pasado biológicamente más remoto previo al estado de civilización. Tampoco soy antropólogo y no puedo hacer afirmaciones eruditas, pero estoy seguro de que a pesar de mi “vulgaris oratio” se me entiende todo.

¿Y qué ocurre cuando dentro de un grupo socialmente cohesionado se produce este ataque de “Clostridium perfringens(bacteria necrotizante considerada como la más agresiva) y no se toman medidas, o se realiza un diagnóstico equivocado, o ni siquiera se realiza tal diagnóstico? Tampoco es preceptivo ser especialista clínico para encontrar la respuesta, tanto se me da que el problema venga de un crecimiento incontrolado de las células del organismo, como de una infección bacteriana: si no se describe a tiempo o no se acierta en el diagnóstico o no se aplica el tratamiento adecuado (o no se aplica ningún tratamiento) la naturaleza – sabia ella – seguirá su curso y actuará por nosotros.

Imagen

Al menos Él tuvo una divina causa para ello.

Desde hace tiempo vengo asistiendo a la contemplación más pasiva de cuanto es tolerable, en un conjunto socialmente homogéneo y democráticamente organizado, de una metástasis celular – o quizá una gangrena “gaseosa” (según los entendidos: infección bacteriana que produce gas dentro de los tejidos gangrenados) –  cuyo transcurso todos, o algunos, se limitan a contemplar como si de una procesión de Semana Santa se tratara. Otros derraman lágrimas de dolor contemplando los “pasos” que avanzan por entre los “fieles”. Diversos portadores de fervorosas luminarias elevan “saetas”, no sé si emponzoñadas, llevados por la gozosa alegría que les produce contemplar el curso de los “nazarenos”. Alguien resulta “crucificado” por el camino, no sé si es un Gestas o un Dimas, pero al final Jesús murió en la cruz. Al menos Él tuvo una divina causa para ello.

Joel Heraklión Silesio.

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EL DISCURSO DEL REY

Hace poco se han cumplido 36 años, exactamente el 22 de noviembre del 2011.

PAREJA REAL

Fotograma del rodaje de "El discurso del Rey"

Ahora que se ha puesto de moda un injustificable recobro de la memoria histórica o un enfermizo tic de desenterrar a los muertos, a mí me ha dado por recuperar una “memoria histórica viva”. Ya me lo habían dicho, o lo había leído: en el cerebro humano los recuerdos se almacenan como las hojas de una cebolla, los más recientes se hallan en la superficie y los más lejanos en el propio corazón del liliáceo bulbo.

Los menores de 45 años pueden no recordarlo, muchos de ellos no habían nacido y otros eran lo suficientemente jóvenes en 1975 para haberlo podido escuchar con suficiente comprensión. Pero yo sí, yo estuve allí, bueno aquí porque lo escuché en televisión, en la uno, no había otra; y lo escuché muy atentamente con la ilusión y esperanza de la apertura de una nueva “frontera”, al estilo Kennedy.

Comenzaba así: “En esta hora, cargada de emoción y esperanza, llena de dolor por los acontecimientos que acabamos de vivir, asumo la Corona del Reino con pleno sentido de mi responsabilidad ante el pueblo español y de la honrosa obligación que para mí implica el cumplimiento de las leyes y el respeto de una tradición centenaria que ahora coinciden en el Trono.”

Vaya por delante antes de profundizar en ello que a mí, con mi modo transversal de entender el mundo y la vida, me resulta indiferente la concepción monárquica del Estado español o la nostalgia republicana que algunos exudan. Mantener a una familia real o a un séquito presidencial republicano tanto se me da. Ni siquiera el carácter hereditario de uno o elegible del otro me conmueven, entre otras cosas porque nada me garantiza que el resultado de una elección nos proporcione un ¿dirigente? No, tan solo un símbolo de ¿unidad? Es ciertamente dudoso.

El “dolor por los acontecimientos” recientemente vividos no era sino la muerte del dictador. Seguía así: “Como Rey de España, título que me confieren la tradición histórica, las Leyes Fundamentales del Reino y el mandato legítimo de los españoles, me honro en dirigiros el primer mensaje de la Corona que brota de lo más profundo de mi corazón.” Por si alguien lo desconoce – los más jóvenes que no hayan tenido oportunidad de estudiarlo – las Leyes Fundamentales del Reino eran el conjunto de normas para-constitucionales dictadas por Franco y sancionadas por las Cortes de una eufemísticamente denominada “democracia orgánica”.

En un momento determinado, el Rey elevó el tono, marcó un enfático

Busto de Juan Carlos I de España

Juan Carlos I de España

acento y dijo: “¡Que nadie espere una ventaja o un privilegio!” y todos nos llenamos de gozo al escuchar tan esperanzador mensaje.

Claro, si comienzo a deshojar las fistulosas hojas de mi bulbo raquídeo no puedo por menos que encontrarme con este acontecimiento que aparece en su superficie antes de desenterrar a los muertos y revivir una guerra civil que solo los mayores de ochenta años pueden recordar. Y ¿con qué nos encontramos treinta y seis años después? Con que de eliminación de ventajas o privilegios, nada de nada. El término privilegio, que como todos saben bien deriva del latín “privilegium”, ley privada, consiste en la exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia.

Ni cortos ni perezosos los políticos del momento – de aquél momento 36 años ha – se afanan en construir una democracia ahíta de privilegios y prebendas para la clase política. El gobierno se reserva la potestad de nombrar al Fiscal General del Estado, las Cortes la de nombrar a los miembros del Consejo General del Poder Judicial, del Tribunal Constitucional y del Tribunal Supremo. Y con toda desfachatez, ante unos jóvenes españoles ávidos de libertades y democracia, se inventan el “privilegio” del aforamiento. Según el Diccionario de la RAE, una de las acepciones del sustantivo fuero es la competencia jurisdiccional especial que corresponde a ciertas personas por razón de su cargo: Fuero parlamentario.

Es necesario analizarlo con detenimiento. Si es el poder institucional, en sus diversas manifestaciones, el que tiene la potestad de decidir sobre el Ministerio Fiscal y sobre las altas jerarquías jurisdiccionales y luego decide que los aforados – los titulares del “fuero parlamentario” – solo pueden ser juzgados por aquellos Tribunales cuyos componentes han sido nombrados por ellos mismos. ¿No es tanto como decir?: a los nuestros solo los juzgan los nuestros.

Mas adelante dijo: “La justicia es el supuesto para la libertad con dignidad, con prosperidad y con grandeza. Insistamos en la construcción de un orden justo, un orden donde tanto la actividad pública como la privada se hallen bajo la salvaguardia jurisdiccional.

Dicho esto, las fuerzas políticas del momento gestan un “privilegiado” sistema de cobertura y previsión social exclusivo para “los nuestros”, para esos que solo serán juzgados por “los nuestros”, permitiendo que tan solo con siete años de permanencia en las instituciones se garanticen una pensión vitalicia con la mejor base reguladora posible y ningún partido, ni de la derecha ni de la izquierda, manifestó su más mínimo desacuerdo, antes al contrario lo apoyaron con un silencio mediático que pone en evidencia las más denigrantes vergüenzas ajenas.

Con la entrada de una nueva clase política regeneradora en la Asamblea y en el Ayuntamiento de Madrid se siguen poniendo en evidencia “privilegios” que la incipiente corona negó treinta y seis años atrás y algo me hace pensar que pronto se van a poner en evidencia en el nuevo Parlamento, en trance de constitución, tras el reciente proceso electoral que se ha hecho coincidir con el aniversario de la muerte del dictador y con el de dos días antes de que D. Juan Carlos I asumiera la Corona del Reino.

¿Qué hacemos con “la memoria histórica viva” y con el discurso del Rey?

Joel Heraklión Silesio.

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EL RUBICON DEL EMBELECO

Se me agolpan las ideas y quieren surgir todas a la vez pero tendré que organizar mis pensamientos y partir de una de ellas, del concepto de “sociedad civil”, que tantas veces utilizamos creyendo que todos hablamos de lo mismo pero sin que ello implique que todos coincidamos en su contenido.

En una sociedad democrática encontraremos siempre una “sociedad política” que, lejos de ser autónoma, se halla inmersa en aquella, recubierta de otras realidades sociales e históricas inseparables del ritmo y cauce por el que transcurra el funcionamiento del propio sistema. Dicho de otra forma, por mucho que queramos y creamos ser libres, los movimientos inerciales de cada individuo o ciudadano tanto dentro de una sociedad democrática, como de una sociedad política, están siempre mediatizados, desviados por la acción de influencias sociales, culturales, económicas, históricas, que interfieren en la inercia de los acontecimientos pretendidamente libres.

Hablamos de una “sociedad civil”, tratando de separarla de la “sociedad política” como si tal sociedad civil fuera algo homogéneo y autónomo pensando que en ella todos los individuos son iguales, mientras que la realidad enseña que cada uno pertenece a otra clase de individualidad heterogénea y esencialmente distinta de las demás. Es decir, la “sociedad civil” es en sí misma un conglomerado de grupos heterogéneos todos cuyos individuos convienen únicamente en “no ser la sociedad política” y suele vivir enfrentada a aquella convirtiéndose en una especie de idea metafísica “considerada como el reino de la paz, enfrentada a la sociedad política interpretada como reino de la guerra”([1]). Obtendríamos así un concepto de sociedad civil definido por pasiva, en sentido negativo, definiéndola por lo que no es, lo que evidencia su condición de conjunto heterogéneo de individuos heterogéneos.

UNA SONRISA INOCENTE

Esa heterogeneidad se manifiesta más patente cuando en una sociedad concreta interfieren culturas procedentes de distintos ámbitos geográficos. Al resultar más patentes las diferencias culturales y étnicas entre los inmigrantes y los nativos parece que estos últimos son más iguales entre sí, simplemente porque se sienten “menos diferentes”.

Es entonces cuando la “sociedad política” comienza a hablar de tolerancia, como estilo de respeto a las diferentes culturas.

He aquí la falacia. En una determinada situación conflictiva de convivencia heterogénea la virtud de la “tolerancia” no es precisamente el resultado de la fraternidad y de la igualdad entre todos los ciudadanos, es en realidad la constatación y reconocimiento implícito de la evidente desigualdad entre ellos.

Es total y simplemente un embeleco que nos ofrecen para acallar nuestras conciencias.

Hay un grado de la tolerancia que consiste precisamente en mantenernos en el mayor alejamiento posible de aquellos a quienes consideramos incompatibles con nuestra “sociedad civil”. Tolerar al otro es intentar no entrar en conflicto recíproco, a veces por propio interés, a veces por menosprecio, cuando no por el presentimiento de que el resultado de la contienda no nos va a ser favorable. Toleramos a aquel a quien consideramos diferente, inferior, capaz quizá de ocasionarme agravio o de atentar a mi integridad física, por ello me mantengo alejado tratando de engrosar con él esa “sociedad civil” para así sentirme suficientemente seguro. Necesito ser tolerante solo con el que “considero diferente”, no así con el que es igual que yo, olvidando que esa pretendida igualdad es tan solo producto de los parámetros establecidos por la “sociedad política” en el ejercicio de sus prerrogativas reguladoras y legislativas, por el reconocimiento de unos derechos y deberes regulados en las normas jurídicas y de convivencia, pero una vez salimos del “semáforo rojo”, ante el cual todos somos iguales, cada uno emprendemos un camino y un destino totalmente individualizado y entonces nos convertimos nuevamente en diferentes, en heterogéneos, pero nos parece que con éstos no sentimos la necesidad de ser “tolerantes” simplemente porque los consideramos “integrados”.

He ahí la diferencia, la falacia a que antes me he referido, y es que la tolerancia está ciertamente muy lejos de la integración, muy lejos del deseo de integrar al diferente e integrarnos con él para conseguir así que todos nos sintamos realmente iguales.

Con esta recíproca voluntad de integración la falaz virtud de la “tolerancia” resultaría innecesaria quizá por una supuesta ausencia de diferencias o quizá porque tales diferencias serían las mismas que nos hacen heterogéneos en nuestra propia y ficticia “sociedad civil”.

Joel Heraklion Silesio


([1]) (Gustavo Bueno, El fundamentalismo democrático, Ed. Planeta Madrid, 2010)

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OIR CAMPANAS

Cuando el 15M tomé contacto mediático con aquella iniciativa “cívica” que se autoidentificó con el acrónimo de la fecha de inicio de su andadura, me invadió una especie de exultante optimismo. De repente vi reproducidos los movimientos de finales de los sesenta en Europa o mediados de los setenta en España. Por fin la juventud volvía a tomar la iniciativa en su sempiterna misión de reformar la anquilosada sociedad vegetativa controlada por sus conservadores predecesores. Porque el conservadurismo no es patrimonio de la derecha, sino de todos aquellos que, instalados en posiciones acomodaticias de las estructuras sociales, económicas, políticas o de cualquier otra índole, tratan de mantener su “statu quo” a toda costa para no perderse el machito.

 Pero aquella euforia me duró poco. Su composición comenzó el camino de su descomposición al contener personas no tan jóvenes que trataron de monopolizar el protagonismo mediático que les proporcionaba dirigirse a todos los que habían tenido la iniciativa. Aseguraban no identificarse con ningún partido político activo, pero lanzaron al aire mensajes que ya habían sido expresados y difundidos, con menos repercusión mediática desde luego, por un partido político concreto de reciente aparición en las canchas electorales. Tras las últimas elecciones locales ya son muchos los españoles que han identificado a este partido, pero para los que aún lo ignoren perfilaré que es UPyD: Unión Progreso y Democracia.

Hablaron de laicidad, de reforma de la Ley electoral, de listas abiertas, de regeneración democrática y abominaron de la corrupción política. Todas estas propuestas ya estaban en circulación desde cuatro años antes, pero la repercusión que su actitud de rebeldía juvenil les imprimió, propició que llegaran a la inmensa mayoría de la ciudadanía como si fueran nuevas.

 Sin embargo estos autodenominados “indignados” – que no son los únicos – se han instalado en su propia actitud, sin saber muy bien qué hacer con ella y por dónde o cómo encauzar tales reivindicaciones para hacerlas llegar a las instituciones. Ahora están corriendo el riesgo de ser fagocitados por “los veteranos del poder” desde alguno de cuyos estrados ya les han ofrecido una maliciosa reforma de la Ley Electoral, a la alemana, ignorando de forma deliberada el Dictamen que el Consejo de Estado ya emitió hace unos años al respecto.

Papa Benedetto

Ahora está a punto de producirse una nueva visita del Papa y han salido de nuevo a la palestra con el malentendido concepto laico del Estado. Vuelven a oír campanas. Hablemos de ello, de la visita de Benedicto XVI.

 Está bien defender un estado laico – yo también lo defiendo, UPyD también lo defiende – distinguirlo de un Estado aconfesional, como es España al presente, pero la laicidad consiste en mantener al Estado al margen de cualquier opción religiosa, respetando a todas por igual, siempre que en sus prácticas no atenten a los derechos humanos, y respetando incluso la falta de adscripción a credo alguno, ya sea por ateísmo o por agnosticismo (que no es lo mismo). Pues bien, ese concepto laico del Estado, esa laicidad institucional debe impedir cualquier pronunciamiento que no respete la libertad de conciencia, jamás debe convertirse en un ataque frontal a una concepción religiosa, sea cual sea y menos aún a la libertad de expresión de pensamiento, tratando de poner en alerta al Ministerio Fiscal de forma premeditada en contra de unas posibles manifestaciones que todavía no se han producido. Esto no es laicidad, esto raya en anticlericalismo, tan nocivo como cualquier otro “anti”.

 Otra cosa es hablar del grado de implicación de las instituciones públicas y del Estado en tal evento. Su financiación por empresas que luego desgravarán estas aportaciones SÍ afecta al erario público y le resta recaudación impositiva. La seguridad, la prevención de riesgos y la vigilancia de las instalaciones, y otros etcéteras que se derivan de los “efectos colaterales” del propio evento, suponen un coste añadido que va a soportar el Estado.

 Pero aún hay algo más: el coste del evento propiamente dicho, su propia o pretendida autofinanciación, adornada con la ingente cantidad de “casullas” que han sido tejidas en oro ex profeso para este acontecimiento dejan en total y absoluta evidencia el desamparo social, económico, sanitario, críticamente vital en que se encuentran infinidad de niños y familias en demasiadas extensiones del mundo, África y no África.

¿Por quién doblan esas campanas?

Joel Heraklion Silesio

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LO QUE NOS SEPARA (O EL FEBRON DE FABRA)

 

Lodazal de las descalificaciones

Lodazal de las descalificaciones

Me preocupa el caso Fabra, me preocupa por múltiples razones, más de las que se han argüido últimamente… quizá por ninguna de ellas.

No puedo evitarlo pero tengo que recurrir a la lógica aristotélica porque de lo contrario, dejándome llevar por la indignación, acabaría en esa ciénaga común en que se lustran, se abrillantan, se enlucen los políticos de corte clásico sin apreciar que está repleta de tarquín: la ciénaga de las descalificaciones, del juicio paralelo, del prejuicio.

Debería explicarme, pero no sé si lo conseguiré. Lo que me bulle en mi “naranja mecánica” es muy complejo, se me agolpan las conjeturas, se confunden con las ideas y se transforman en un torrente de conclusiones que tratan de salir al exterior de forma caprichosa, deslavazada, desordenada, inconexa, descompuesta y por ello se hace necesario ordenarlas porque la cuestión es compleja y ardua. Quiero partir de la premisa de que lo acaecido con el caso de Carlos Fabra es indignante, no debería haber sucedido, tampoco debería haberse producido la concatenación de hechos que se han ido aglomerando en torno suyo y, por supuesto, el final no debería haber sido el que ha sido. Para evitar que la indignación que este resultado me produce me lleve a rebozarme en el fangal antes aludido tengo necesariamente que pararme a reflexionar.

Para mí es importante la distinción entre verdad material y verdad formal, aquella reside en la singularidad de los hechos que en un momento determinado tienen lugar, las acciones u omisiones que alguien lleva a cabo y que quizá solo él conozca; ésta, la verdad formal, es la que queda recogida en una sentencia judicial como consecuencia de la prueba practicada en el proceso correspondiente y que puede o no coincidir con aquella. Si se pierde de vista esta fundamental distinción podemos caer en tremendas incongruencias, tales como decir que Carlos Fabra ha sido declarado inocente y que se le pidan disculpas por los que mantuvieron lo contrario, como pretenden algunos de sus correligionarios o pedir su dimisión o, lo que es peor, considerar que se ha salido de chinitas gracias a la prescripción de “su delito”, lo que para algunos se ha producido gracias a las “maniqueas” manipulaciones de algún Corleone que anda suelto, apologetizar el deshonor de invocar la prescripción o proponerle el montaje de un dispensario de consejos de cómo engañar a la Hacienda Pública.

Ninguna de todas estas declaraciones se sostiene sola, primero porque al Sr. Fabra nadie le ha declarado inocente, al no haberse celebrado juicio, y segundo que ninguna sentencia ha constatado que hubiera cometido delito alguno – por ahora – y son esta clase de manifestaciones públicas, ostensiblemente aviesas, grandilocuentes y rayanas en el exabrupto las que están desprestigiando a la clase política, porque los ciudadanos silenciosos permanecen silenciosos pero no ignorantes y se dan cuenta de lo que a sus ojos se presenta como un intento de manipulación de su propia inteligencia.

Muralla de Adriano

Muralla de Adriano

Estamos en UPyD por lo que nos une y todos los que estamos en este partido tenemos claro qué es lo que nos une, pero esta moneda tiene dos caras, no estamos en ningún otro partido por lo que nos separa, por lo que nos diferencia. Somos más respetuosos con el Estado de Derecho que cualquiera de los demás, más respetuosos con la presunción de inocencia que cualesquiera de ellos, que es nuestra muralla de Adriano y deberíamos mantenernos atentos a qué es lo que nos diferencia y permanecer lejos del lodazal de las descalificaciones, del juicio paralelo, del prejuicio y apuntar allí donde la razón, el análisis equilibrado y la crítica fundamentada nos hará diferentes.

Nunca podremos estar seguros de que aquellos hechos que se le imputaron fueran o no realmente cometidos por Fabra, al menos aquellos cuyas consecuencias han sido declaradas prescritas, porque lo que ha prescrito es la acción jurídica que permitía entrar a conocerlos – no el supuesto delito en sí – y por ello tales hechos no podrán ser investigados ni ser objeto de procedimiento judicial alguno.

Esto es propio de un Estado de derecho y debe ser respetado como tal por UPyD.

Pero tal situación en modo alguno nos debe llevar al terreno de dejarnos impávidos y por ello permanecer impasibles ante ella. No podemos ni debemos consentir que tales acontecimientos puedan reproducirse y en tanto no tengamos capacidad de condicionar la norma debemos denunciar aquellas que deben ser modificadas, porque lo peor del caso Fabra no es quedarnos sin saber si fue autor y responsable de unos hechos que de haberse probado hubieran constituido delito, lo peor del caso es que haya funcionado el sistema de la forma que lo ha hecho, que haya sido posible aplicar la prescripción, en definitiva que se haya llegado tarde. Esa debería ser la clave de la crítica pública, aquella que coincide con nuestro lema de regeneración democrática y lucha contra la corrupción, clamando por una reforma legislativa que impida que un representante político pueda quedar al margen de un enjuiciamiento permitiendo con ello o bien que un posible culpable permanezca impune, o un inocente quede bajo sospecha permanente, y no se me diga que de ser este último el supuesto bastaría con someterse al procedimiento obviando la prescripción porque tal opción no es realista.

Si es necesario alargar los plazos de prescripción cuando los servidores públicos resulten imputados por determinados delitos, y no me refiero solo a los representantes políticos, habrá que hacerlo, si hay que poner los medios para que el funcionamiento de la administración de justicia cobre una agilidad por la que se viene suspirando por los juristas y la opinión pública desde hace muchos años sin que los remiendos introducidos hayan surtido el efecto deseado, pónganse esos medios, si es necesario hacer lo que sea necesario propongámoslo, solicitémoslo públicamente – a voz en grito – pero no caigamos en el tópico del insulto, del exabrupto y de la descalificación, porque eso es lo que nos ha de diferenciar del resto de la clase política, eso es lo que nos diferencia a la par que es lo que nos une.

Joel Heraklión Silesio.

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JUEGOS DE VIDA, JUEGOS DE MUERTE

2266. La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio. Por este motivo la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte.
(Catecismo de la Iglesia Católica. Tercera Parte, Segunda Sección, Capítulo Segundo, Artículo 5  EL QUINTO MANDAMIENTO. I El respeto de la vida humana…)
 

I – La pena capital. El debate sobre la pena de muerte desapareció prácticamente de la escena política española tras nuestra transición democrática, empero en los últimos tiempos y de manera lamentable ha comenzado a reflotar en la opinión de no pocos círculos privados, quizá demasiados, aquellos que en otra ocasión denominé como ciudadanos silenciosos. Los atentados terroristas, los violadores reincidentes – recalcitrantes diría yo – y aún los asesinos encapsulados en el eufemismo de “violencia doméstica”, que tiene mucho de violencia y nada de doméstica, o el de “violencia de género”, han venido despertando en gran parte de esa ciudadanía silenciosa la nostalgia de la pena capital. 

En las aulas de la Facultad de Derecho de Valencia, todavía en el histórico y vetusto edificio de la calle de la Nave, durante la musicalmente denominada década prodigiosa de los sesenta del pasado siglo, abrió brecha una importante corriente universitaria contra la entonces vigente pena de muerte entre cuyos seguidores me cabe la satisfacción de poder incluirme. El ilustre iusnaturalista D. José Corts Grau – para entonces Rector Magnífico de la Universidad Literaria valenciana – se prodigaba en esfuerzos para justificar aquella pena considerándola como la amputación del órgano enfermo que hace peligrar la vida del paciente u otros argumentos de similar inconsistencia, llegando incluso a aportar fundamentos teológicos o de derecho divino o de defensa de la sociedad contra sus agresores. Resulta curioso que la Iglesia Católica en su doctrina nunca se haya manifestado abolicionista… es verdaderamente curioso. 

Pero el afán antifranquista, en ocasiones embadurnado de anticlericalismo, y el rechazo a toda reminiscencia de la dictadura, ha hecho evolucionar el derecho penal español a derroteros que ponen en peligro la salud mental de una gran porción de ciudadanía que – hasta anteayer – había asimilado con encomiable sosiego la abolición de la pena de muerte, de tal suerte que todos nos encontramos con algún vecino, amigo o incluso familiar que, ante situaciones desgarradoras como las de violadores reincidentes, delitos de terrorismo u otros de similar gravedad, nos dice (casi al oído por si acaso): “Esto se acabaría restaurando el garrote vil”.

Y es que estos irreflexivos – pero respetables ciudadanos – que quieren recuperar no tanto la pena de muerte cuanto la tranquilidad de todos, están evidenciando que hoy en España delinquir resulta barato. Por un lado la venialidad de las penas, por otro la inexistencia de una auténtica reinserción en infinidad de casos y la remisión de condena en casi todos, hace que gran parte de la sociedad se indigne por el trato que nuestro sistema judicial aplica a delincuentes que no solo son antisociales sino que, a mayor abundamiento, son peligrosos.

Resulta ineludible y aún imprescindible caminar hacía una auténtica – y todo lo revisable que se quiera – cadena perpetua en la que la única remisión posible esté exclusivamente condicionada a una acreditada reinserción, al estilo de la de D. Eleuterio Sánchez, que tras haber sido condenado a muerte y conmutada su pena a cadena perpetua todavía bajo la dictadura franquista, quedó definitivamente en libertad en 1981. Su nivel de reinserción fue tal que, detenido por última vez en 2006 por la Guardia Civil tras una denuncia de su esposa por malos tratos, los tribunales confirmaron definitivamente su absolución por violencia de género siendo declarada falsa por los jueces la denuncia interpuesta. ¿Acaso es éste un peor avatar que el que se hubiese derivado de la ejecución de la primera condena?

Solo trabajando en esta dirección será posible devolver a toda la sociedad una, hoy descarriada, confianza en la justicia y poder enarbolar de nuevo, con el orgullo de los universitarios de los sesenta, la bandera abolicionista. Ni la preservación del bien común de la sociedad, ni colocar al agresor en el estado de no poder causar perjuicio justifica en modo alguno, ni tan solo en los de “extrema gravedad”, la pena capital. Las sociedades modernas, actuales, son más fuertes que todo eso incluso en el supuesto de nula reinserción. El Estado cuenta con medios suficientes – ciertamente onerosos – para garantizar la protección responsable de la sociedad y el aislamiento del agresor (salvo que lo que realmente se pretenda sea economizar erario público). La lenidad punitiva instaurada en nuestro sistema legal no se sostiene bajo ningún emblema ideológico, ni histórico, ni de lucha antifascista, ni tan siquiera democrático. Cuando los ciudadanos silenciosos se ven desprotegidos y comienzan a considerar los derechos de los condenados como privilegios, se vuelven reaccionarios y, como tales, propenden a restablecer lo abolido.

Llevemos cuidado, ni la vida ni la muerte son un juego. El no a la pena capital debe seguir siendo un objetivo con vocación de universalidad, porque nosotros no somos dueños de la vida de los demás, porque nosotros ni siquiera somos dueños de nuestra propia vida, no disponemos de ella sino todo lo contrario, es la vida, es la esencia vital, “l’elán vitale” la que dispone de cada uno de los seres vivos organizando la biosfera y manteniéndola en homeostasis tal como James Lovelock conjeturó en su original “Teoría de Gaia” para asegurar su propia supervivencia… la de la esencia vital, no la nuestra.

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ACERCA DE LA ESENCIA VITAL

Hemos establecido, mas allá de cualquier obsceno debate, que el feto entra en la vida – preste atención el lector a mi expresión: “entra en la vida” – con suficiente anterioridad al hecho puntual del nacimiento. Ya he dicho que a mí no me importa saber cuándo. No me interesa. Me es irrelevante. Ni siquiera la absurda y malintencionada distinción entre “embrión” y “feto” me altera lo más mínimo, no cambia mi convicción: ambos tienen vida, ambos están dentro del ciclo vital y por este camino vamos a llegar inevitablemente al momento mismo de la concepción. ¿Qué pasa con el espermatozoo? ¿Y con el óvulo? Para intentar su comprensión sería muy conveniente comenzar por el análisis etimológico de ambos morfemas. Espermatozoo o espermatozoide, procede del griego “sperma”, semilla y “–zoo”, vida animal, estamos pues ante una semilla de vida animal. La etimología de óvulo, sin embargo, es latina, no griega. Procede de ovŭlum, diminutivo de ovum, huevo. Sería algo así como huevecillo, también una vida en ciernes.

Pero espermatozoide y óvulo, ¿Son seres vivos? ¡Cuidado con las afirmaciones rotundas! Casi siempre suelen ser irreflexivas y en tanto que tales, erróneas (cuanto menos escoradas). Va a depender mucho de cual sea nuestro concepto de ser vivo y aquí pueden saltar astillas con grave riesgo de transformarse en metralla ideológica. Procuraré eludir el enfrentamiento. Echemos mano de la técnica, de la tecnología tal vez.

Todos hemos tenido la oportunidad de ver filmada con cámara microscópica la ”caza” en laboratorio de un espermatozoide para “inyectarlo” manualmente en un óvulo previamente seleccionado.

Todos hemos podido observar, gracias a esta avanzada tecnología, cómo un espermatozoide se mueve y avanza “nadando”, cual diminuto renacuajo, en el agua del amnios. En cuanto al óvulo, por su parte, sabemos y nos consta con irrefutable veracidad, que escapa del ovario y se instala pacientemente en la trompa, esperando la llegada de aquél para, finalmente, ubicarse en el útero. En otras palabras, realizan actos de traslación, de movimiento, de posicionamiento estratégico: ¿voluntarios? ¡más espinosa cuestión todavía! De momento no me voy a pronunciar respecto a su voluntariedad o no – quizá más adelante – lo único que tal vez nos ponga en este punto a todos de acuerdo es que tales movimientos son “autónomos”, los realizan por sí, sin ninguna intervención de sus portadores. En lo que la ciencia biológica coincide es en el hecho de definir a ambos como “gametos”, el espermatozoide es el gameto masculino y el óvulo el femenino, y con ello pretende dejar resuelta la cuestión, solo que creo sinceramente que no lo consigue.

Vayamos pues construyendo puntos de partida.

Podemos convenir que los gametos no son seres vivos. Hasta el presente estado de las cosas ambos son necesarios para dar lugar a un nuevo “ser vivo” y ello mientras mantengamos la convención de que ser vivo es aquel que goza de la facultad de crecer, desarrollarse, reproducirse y fenecer de forma autónoma. A partir de ahora me gustaría ya extender el concepto de ser vivo a toda forma de vida que nuestro conocimiento alcanza, ya sea animal, vegetal, megalómana o microscópica. Traslademos pues la cuestión al mundo vegetal, también éstos, las plantas y los árboles, son seres vivos, nadie lo duda, con muy diversas formas de reproducción como en el mundo animal. Pero todos precisan hoy por hoy – insisto – de la participación de ambos gametos. Ni que decir tiene que las incipientes técnicas en torno a las células madre y a la clonación pueden poner en entredicho – es más, ponen de hecho en entredicho – las más firmes convicciones tradicionales, pero tales cambios son, desde mi punto de vista, tan solo alternativas que la ciencia y la investigación va abriendo en torno al concepto radical de vida, la “esencia vital”. Ya se verá más adelante cómo estas pretendidas revoluciones científicas no afectan al fondo de mis planteamientos.

Hemos convenido pues que los gametos – y lo afirmo sin reservas – no son seres vivos, al menos en lo que al concepto tradicional de “ser vivo” concierne. Pero ¿Son sistemas vivos? ¿Son portadores de vida? Esa es otra cuestión y no baladí. Al menos la respuesta afirmativa a la segunda de las preguntas parece inevitable: son indefectiblemente portadores de vida. Entrambos se produce el inconmensurable acontecimiento de la entrada de un nuevo ser en la vida, ese preciso instante en que el óvulo fecundado – haciéndolo también de forma autónoma – comienza a multiplicar sus células: el “in_vita”. La radical diferencia la hallamos evidentemente en el hecho concreto de la multiplicación celular, técnicamente denominada “mitosis”, facultad de la que carecen ambos gametos en su estado previo y que se inicia a partir de su configuración como cigoto. No parece pues desaforado concluir que los gametos aunque no son “seres vivos” sí son “portadores de vida”. Y me inte­resa mucho incidir en este más que matiz. Se puede ser portador de vida, sin ser propiamente un ser vivo, lo que resulta mucho más inconcebible es que un ser vivo no sea portador de vida. La vida, la “esencia vital”, esa manifestación de energía (¿) que es capaz de fundir en una sola tanto la química orgánica como la inorgánica apropiándose de ambas para desarrollarse en múltiples formas, es algo previo y diferente al propio ser vivo, existe antes que él y éste la propagará si consigue su propia reproducción. Es desde esta perspectiva que deseo mantener la convicción ya anunciada de que la diatriba sobre la pretendida distinción “científica” entre cigoto, embrión y feto, no es más que un argumento puramente ideológico, artificioso, casi artero, para poder construir sobre ella teorías sociopolíticas al uso que resulta innecesario nombrar. Por ello afirmo sin reservas y constituye la síntesis de este compendio que el discurso sobre cuándo comienza la vida de un individuo es un debate tautológico, irrelevante, innecesario e incluso obsceno.

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EN TORNO A LA “EXISTENCIA”

Respetar la vida y no temer la muerte son los recintos mentales en los que puede reposar la más elevada tesis del intelecto.

Decía Ortega y Gasset([1]) que el nacimiento y la muerte son los dos únicos acontecimientos de la propia vida sobre los que nuestra voluntad no tiene capacidad alguna de influir. La ciencia actual introduciría muchos matices a tan rotunda afirmación, pero Ortega no hablaba en términos científicos sino filosóficos y es en este sentido en el que la máxima mantiene toda su vigencia. Cierto es que la medicina actual le reconoce hoy al feto, en líneas generales, una cierta voluntad de nacer para que el parto sea posible. Y al filósofo no se le escaparía la potencialidad humana para el suicidio concebido en su forma más radical o traumática como el disparo en la sien o, en su manifestación más liviana y pasiva, como el abandono voluntario de la supervivencia mediante la inanición. No me cabe la menor duda de que utilizó los términos nacer y morir para emboscar en ellos unos conceptos mucho más profundos y minuciosos que el mero hecho del parto y del suicidio. Tenía otra perspectiva.

Sobre la vida, como sobre un paisaje o sobre cualquier otro acontecimiento, se pueden tener diversas perspectivas. Ayer mismo enfocaba con el menor de mis hijos algunos distintos puntos de vista sobre el riesgo de morir. Es un deportista nato, se está preparando para ser un técnico y trabajar de modo profesional en ese mundo y regresaba de realizar unas prácticas de piragüismo y rappel. Antes de iniciar los ejercicios el responsable de la organización había preparado un contrato de seguro de responsabilidad civil exclusivamente para cubrir los riesgos de accidentes con los que iban a participar en ellos. Mi hijo me explicaba que de todas formas se habían tomado todas las precauciones y establecido todas las garantías, comprobando el perfecto funcionamiento de los arneses, el adecuado estado de las amarras y sin embargo se había contratado un seguro de accidentes. Si verdaderamente se han tomado toda clase de precauciones y todas las garantías era innecesario el seguro y si no se han tomado las debidas medidas de seguridad el seguro no cubriría los riesgos por lo que no sería razonable contratarlo. En cualquiera de ambos casos, desde un punto de vista de la exclusiva racionalidad, desde la lógica en su sentido más filosófico, parece que bastaría con tomar todas las cautelas ¿a qué el uso, quizá obligación, de contratar una cobertura? El concepto de vida está sobrevalorado en la civilización occidental de mas acá del siglo XX. La vida no tiene precio, pero no por que sea tan sumamente apreciada que su valor resulte incalculable, sino por todo lo contrario, no es un bien evaluable si tal evaluación tratamos de hacerla en moneda de curso legal, la vida tan solo es evaluable en términos de fenómeno de la naturaleza y es desde esta óptica que afirmo que no tiene precio.

Entremos pues en materia.

“Nacemos” en un momento ya avanzado de nuestra propia vida, tras, más o menos, nueve meses de gestación. No voy a entrar en la tautológica altercación sobre cuándo se inicia la vida de un ser humano ¿qué más da? A mí tal controversia me parece totalmente irrelevante y el hecho mismo de entrar en ella, vergonzante. Y éste es quizá el “letmotif” de este escrito, destapar el frasco de las esencias, la caja de Pandora sobre lo superficial, mezquino y siempre ideologizado debate alrededor de la vida o la muerte de un ser o individuo en particular.

Lo único importante es que el feto está vivo ya antes de su nacimiento. Analizando la concatenación de acontecimientos del parto en sí mismo, si la voluntad del “nasciturus” juega el papel que le corresponde, a tenor de las opiniones de la ciencia moderna, resulta evidente que no era este hecho puntual el que contemplaba Ortega cuando expresó su aforismo. En el alumbramiento – dar a luz no solo es el término más delicado o exquisito sino quizá el más preciso y exacto – en él parece que el propio feto participa en la labor de abrirse camino hacia la luz, por ello cuando el pensador habló de “nacimiento” se refirió sin duda al hecho de “entrar en la vida”, a iniciar su ciclo vital, lo que yo doy en llamar la “in_vita”, cualquiera que fuera el momento en que esta entrada se produjera, muy anterior por supuesto al propio parto. Lo que parece ya incuestionable es que donde la voluntad del ser humano carece de opciones es en este entrar en la vida, en ese justo momento en que se inicia el ciclo vital, y no en el nacimiento o alumbramiento mismo.

Y ¿Qué decir de la muerte? El suicidio, aunque sea por inanición, por abandono depresivo del deseo de vivir, es también un acontecimiento muy anterior a la propia muerte. La ciencia médica ha introducido desesperantes y angustiosos matices al concepto de muerte: se habla de una muerte clínica, de una muerte cerebral y de una muerte certificada o jurídica. La única y autentica muerte es la expiración en el sentido más literal de la palabra, y a ella, estoy absolutamente seguro, aludió el insigne pensador cuando afirmó que era el otro hecho de nuestra propia vida sobre el que carecíamos totalmente de capacidad de influencia. El hecho mismo de la expiración está más halla del alcance de nuestra voluntad, podríamos propiciarla, crear las circunstancias para que ésta sobreviniera, pero la expiración en sí como fenómeno biológico considerado por unos como momento en que se disocia el espíritu del cuerpo, y por otros como aquel en que expelemos el último hálito de vida, en el que nuestro organismo deja absoluta y definitivamente de funcionar como un ser vivo y se transforma en materia inerte, ese puntual momento escapa por completo a nuestra participación activa. Precisaré esta afirmación: “la muerte es el otro hecho de nuestra vida sobre el que carecemos de capacidad de influencia”. Es necesario profundizar en este concepto para entender lo que pretendo decir. Resulta imprescindible asimilar que la muerte es “un hecho más de nuestra vida”, entender que forma parte de ella, que no es otra cosa que su propio fin, es lo que yo he dado en denominar la “ex_vita”, la salida de la vida. Sobre esta cuestión volveré quizá más adelante, cuando haya tenido la oportunidad de describir y puntualizar aquellos hechos y resultados, extraídos del propio avance científico, que me han llevado a tales conclusiones.

No hay que perder de vista que las afirmaciones de Ortega, a las que aludo en el presente escrito, fueron manifestadas hace aproximadamente un siglo y la información científica de la que disponemos hoy obligaría a matizarlas y quizá aún a extenderlas; para mí es sin duda concluyente que en el inicio de su vida, en el “in_vita” y en su salida, en el “ex_vita” el propio individuo no tiene capacidad alguna de influir. Es sobre estas dos premisas de lo ineluctable del nacimiento y la muerte que Ortega construye la teoría de que sólo en lo sucedido a cada uno de nosotros entre aquél y ésta, nuestra voluntad participaba, o podía participar, con más o menos intensidad. Nosotros influimos en todo nuestro acontecer a la vez que éste influye en cada uno de nosotros. Este es el principio de su definitiva afirmación: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Hoy conocemos muchos más datos y por ello, matizando a Ortega (lo digo con la máxima humildad) cabría decir que “es sobre el hecho mismo de nuestra existencia sobre el que nada podemos hacer”, porqué existimos y porqué dejamos de existir escapa a nuestro intelecto y amplifica al máximo nuestra capacidad de asombro. Es cierto que en los acontecimientos que se producen “dentro” de nuestra existencia gozamos de una determinada capacidad de maniobra, podemos retardar unos, adelantar otros, cambiar algunos y provocar bastantes. A su vez todo aquello que nos circunda intervendrá de una u otra manera en nuestra propia personalidad, pero tendrá lugar dentro de nuestra “existencia” siempre entre los dos límites temporales del “in_vita” y el “ex_vita”, en nuestro flujo de vida, en el fluir de nuestra propia vida, en nuestra “biorrea”.


([1]) José Ortega y Gasset (1883-1955) filósofo español (n. en Madrid) introductor del perspectivismo: teoría del conocimiento según la cual no hay un punto de vista absoluto sobre la realidad, sino diversas perspectivas complementarias, y el raciovitalismo: consistente en considerar la vida como la «realidad radical», como la instancia a la que se subordinan todas las demás realidades, incluida la razón.

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DEJEMOS DE RUMIAR

Cuentan de un sabio, que un día    

tan pobre y mísero estaba,

que sólo se sustentaba

de unas yerbas que cogía.

«¿Habrá otro», entre sí decía,

«más pobre y triste que yo?»

Y cuando el rostro volvió,

halló la respuesta, viendo

que otro sabio iba cogiendo

las yerbas que él arrojó.

Calderón de la Barca (S. XVII)

El adjetivo “sabio” tiene dos acepciones en el DRAE: Quien tiene profundos conocimientos en una materia, o quien, aún careciendo de tales conocimientos, posee la sabiduría. Mi abuelo materno, que era un sabio en esta segunda acepción, repetía a menudo: “Una medalla en el pecho… ¿qué barbaridad has hecho?” Este epigrama bien puede ser la transcripción a tiempos de la posguerra civil española, en que la usaba mi abuelo materno el sabio, de aquella otra atribuída a Ugo Fóscolo (poeta italiano de finales del XVIII, principios de XIX): En tiempos de las bárbaras naciones colgaban de la cruz a los ladrones Ahora, en el siglo de las luces, del pecho del ladrón cuelgan las cruces.

Tal parece que la primera acepción que la Real Academia le atribuye al sabio fue totalmente ignorada por nuestro ya expresidente del Gobierno. No he podido obviar el recordar estas cantatas, cuando en su día le oí decir al expresidente Rodriguez Zapatero algo así como que los técnicos tendrán su opinión, pero no se gobierna un país con la opinión de los técnicos. Sus palabras casi literales fueron: “…es lo que a veces pasa: tienes todos los técnicos… pero cuando se monta un lío, ni técnicos ni nada..”. Menudo epigrama para el que ha sido máximo responsable de la administración de un país.

Lo que pasa es que para ver bien un paisaje hay que estar fuera de él: en lo alto de una montaña o en un mirador preparado “ad hoc”. Y nosotros estamos viviendo una etapa de la historia que todavía no podemos contemplar con cierta perspectiva por el simple hecho de estar inmersos en ella. Tras aproximadamente un milenio de latencia medieval se han venido produciendo en occidente una sucesión de “revoluciones” que se iniciaron con el Renacimiento (s. XV-XVI) y a partir del cual la secuencia entre uno y otro suceso se ha ido acortando hasta llegar en algunos casos a solaparse. Siglo y medio después la revolución industrial, de origen británico, cambia los paradigmas productivos traslapándose durante los siglos XVIII y XIX con la revolución francesa que altera el modelo de la monarquía tradicional. A principios del XX se produce la revolución bolchevique, como antítesis de la hegemonía del capitalismo instaurado desde la revolución industrial. A lo largo de este reciente siglo, sigue desarrollándose una revolución tecnológica y cibernética que todavía nos alcanza y que no da señales de haber llegado a su fin.

La vertiginosidad de los cambios hace que estemos viendo el paisaje desde la ventanilla de un tren bala a su máxima velocidad, lo que reduce nuestra capacidad de análisis del entorno en que vivimos.

Hace algún tiempo, con ocasión del resultado de las últimas elecciones europeas (2009) el insigne ideólogo socialista y politólogo Ludolfo Parámio, en un articulo de opinión publicado en El País afirmaba, en referencia a la crisis de las ideas socialdemócratas, que no hay tal, ya que están siendo adoptadas por los gobiernos neoliberales de la U.E. afirmando que: “Resulta una llamativa paradoja que, en un momento en el que las ideas neoliberales se encuentran ante un fuerte descrédito, las elecciones europeas se hayan traducido para los socialdemócratas en un notable retroceso de casi seis puntos respecto a 2004…  …a juzgar por las políticas que se están aplicando, no es fácil hablar de crisis de las ideas socialdemócratas: más bien parece que la derecha se las ha apropiado”.

Por su parte el expresidente Aznar en la inauguración del “Campus FAES 2009” hizo casi por las mismas fechas un análisis totalmente opuesto, si bien estas perspectivas enfrentadas resultan coherentes con la ideología de sus ponentes.: “Lo han dicho rotundamente en toda Europa. Los ciudadanos han respaldado a los gobiernos de centro-derecha, a los gobiernos liberales y conservadores, a los gobiernos que respaldan claramente la economía de libre mercado. Los europeos han decidido confiar, por una abrumadora mayoría, en la opción política que ha demostrado que es capaz de crear prosperidad, crecimiento y empleo. Y han dado la espalda a la opción política que sólo promete subsidios y subidas de impuestos, y con ellos sólo consigue más paro y recesión.” A poco que hayamos seguido con cierto interés lo mucho que se publicó sobre los resultados de Europa-2009, veremos que los análisis y causas esgrimidas para la derrota de unos y el éxito de otros son variopintas, contradictorias, sesgadas, interesadas y en algunos casos absurdas, muy pocas veces acertadas.

Se me hace necesario ahora citar un artículo del literato y periodista peruano-sevillano Fernando Iwasaki que escribió por entonces en ”abcdesevilla.es” acerca del Babel informativo que se respira en España: “Me haría ilusión que la misma unanimidad que existe para decir que Alfonso Sastre es un etarra, se diera también para llamar ladrón al ladrón, inepto al inepto y corrupto al corrupto, pero sé que tal cosa es imposible porque ni siquiera hay consenso mediático acerca de la naturaleza del acto que acabó con la vida de Carrero Blanco. ¿Fue un atentado terrorista o una hazaña revolucionaria? Columnistas y tertulianos tampoco se ponen de acuerdo al respecto.

Por eso he llegado a la conclusión de que todo esto es “rumiar”, ya sabe el lector, pasear por los cuatro cuartos del aparato digestivo de los rumiantes algo que no se sabe bien cómo digerir: del rumen al retículo, luego al omaso y por fin al cuajar.

¡Pasen señores pasen!… pasen y vean…  y lean:

* el gobierno debe hacer todo lo que pueda para apoyar a la empresa, pero nunca creer que es un sustituto de ésta. La función esencial de los mercados debe complementarse y mejorarse mediante la acción política, y no debe ser entorpecida por ella. Apoyamos una economía de mercado y no a una sociedad de mercado

** Mantener el mismo empleo para toda la vida es algo del pasado. Se deben acomodar las crecientes demandas a la flexibilidad y, al mismo tiempo, mantener unos estándares sociales mínimos, ayudar a las familias a afrontar el cambio y abrir nuevas oportunidades.

*** el estado no debería remar, sino conducir: ¡no a un excesivo control¡. La burocracia del sector público debe reducirse a todos los niveles

**** los recortes de impuestos pueden jugar una función crítica a la hora de cumplir con sus amplios objetivos sociales.

Para muestra valen estos cuatro botones. ¿Verdad que parecen responder a una ideología liberal, de corte conservador y de derechas? Pues no. Estas frases han sido especialmente escogidas – hay muchas más – del manifiesto de dos ilustres socialdemócratas europeos pronunciadas halla por los finales del siglo XX, aunque parecen haberlo sido al pairo de la crisis internacional actual. Son nada más y nada menos que del británico Tony Blair y del germano Gerhard Schroeder.

¿Son los conservadores los que se apropian de las ideas de los socialdemócratas, como afirma Parámio, o son éstos los que se acercan al liberalismo? ¿De verdad la inmensa mayoría de los votantes tienen claro qué supone una y otra alternativa, como cree Aznar? ¿A la hora de votar distinguen entre Keynes y Adam Smith, o Friedman? Intuyo que unos y otros rumian y no alcanzan a salir de uno u otro compartimento digestivo.

La sociedad actual, globalizada e interactiva, precisa de un nuevo paradigma, de una nueva mente, de una línea de pensamiento que acabe con las viejas dicotomías. Según Blair y Schroeder: “La mayoría de las personas hace mucho tiempo que abandonaron la opinión mundial representada por los dogmas de izquierda y derecha“, Hay un refrán muy español que afirma que “en el término medio está la virtud”. Habrá pues que dejar de rumiar y tirar por el camino de en medio. ¿Será éste la ya vieja propuesta  “tercera vía” de Schroeder y Blair?