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SEXUALIDAD SIN PREFIJO

Aunque alguien pretenda cuestionarlo, me parece axiomático afirmar que el concepto de familia es un producto cultural además de relativamente moderno, considerando el término moderno en “tiempos sociológicos”: aquellos que transcurren desde que el hombre se organizó en una incipiente sociedad estable y la actualidad. Los “tiempos humanos” comenzarían mucho antes, con las distintas especies de hombres que en un determinado ciclo geológico convivieron con la nuestra (Neandertales, cromagnones… etc). Ambos determinados “tiempos” se incardinan en el Eón Fanerozoico coincidente con nuestra prehistoria y nuestra historia. Los “tiempos históricos” serán pues los más próximos, aquellos de los que tenemos noticia escrita o documentada.El concepto de familia tuvo que aparecer necesariamente mucho después de que se socializara el hombre, fuere cuando fuere que éste alcanzó la capacidad cerebral máxima. Primero debieron constituirse, de forma muy espontánea, los “núcleos de convivencia” algo que parece más consustancial con la herencia inmediata de nuestros cercanos predecesores. Involuntariamente, o no, al referirnos a un nido o madriguera de alguna especie animal lo hacemos diciendo que está ocupado por una “familia” de águilas o de suricatas, pero los animales – irracionales(¿) – jamás constituyeron verdaderas familias, salvo las taxonómicas, no pasaron de núcleos de convivencia y es desde esta perspectiva que intuyo – especulo – que éstos fueron antes que aquella, núcleos casi siempre temporales, pocas veces en el reino animal encontramos casos de emparejamiento de por vida aunque ciertamente se dan, pero lo frecuente y sobre todo entre los mamíferos es la aparición de clanes mayoritariamente poligámicos – debería permitirse el uso del término “polihémbricos” – en los que el macho solo permanece en el núcleo hasta ser desterrado por otro más fuerte que él y que en el mejor de los casos usurpa su “harén” y en el peor aniquila su descendencia. Parece coherente conjeturar que las primitivas generaciones de humanos debieron mantener el estatus polihémbrico y el hábito, cuando la situación fuera propicia, de destronar ancianos y niños y adueñarse de las mujeres. Para algunos antropólogos y sociólogos en estos núcleos de convivencia era normal el infanticidio y la expulsión del núcleo familiar de los enfermos que no podían trabajar.Pero estos núcleos no se formaban exclusivamente para satisfacer las necesidades de sexo y procreación, aunque resulte evidente que, al igual que en los irracionales, el sexo es el fin primordial del apareamiento – la libido no es sino una socaliña más de la “esencia vital” (l’elán vital) para garantizar su propia continuidad en la biosfera – la procreación viene a continuación pero, como decía, no fueron los únicos objetivos. Manteniendo el parangón con los brutos la ayuda mutua jugaba un papel nada despreciable. Estoy seguro de abrir polémica al afirmar que la invención del machismo no fue cosa del humano, sino de la que se conoce vulgarmente como naturaleza y que yo he sintetizado en “esencia vital”, pero es mi propósito tener las manos libres para volar con mi imaginación sustentándome en las alas de mi propia experiencia vital para avalar que mi intención no es polemista así como que mi opinión no es peregrina solo que sí tal vez insólita, en modo alguno insolente. Trataré de explicarlo.

He presentado la ayuda mutua como una de las raíces de la creación de núcleos de convivencia insistiendo en el hecho de que este beneficio ya era buscado por otras especies de bestias, principalmente mamíferas, taxón de los cordados en que es la hembra la única que, durante los primeros meses o incluso años, tiene la posibilidad de alimentar las crías lo que la obliga a mantenerse casi todo el tiempo junto a ellas asumiendo así su labor de cuidadora. El macho, si desea que su progenie prospere, tiene que preservarlos de las amenazas exteriores y en muchos casos suministrar el alimento para ambos padres con lo que adquiere su cometido de protector y proveedor. ¿Acaso no están aquí latentes los roles futuros del hombre y la mujer en un contexto que nadie dudaría hoy en calificar de plenamente machista? Más aún. Si exceptuamos la partenogénesis y algún otro método de reproducción vegetativa y por esporas, la inmensa mayoría de las especies animales y vegetales han proliferado por medio de la reproducción sexuada, a través de la fecundación del gameto femenino por el masculino.

Antonio GalaEsta y no otra ha sido la causa de una de las grandes controversias en la especie homo sapiens, y no estoy hablando de machismo, sino de identificación sexual. Antonio Gala, en su obra literaria “Dedicado a Tobías” (Ed. Planeta, 1988), lanza una mirada esperanzada sobre el ser humano y torva sobre la sociedad: “Hubo un tiempo en que el ser humano… …se puso de puntillas y creció. Por eso se llamó Renacimiento: porque renació el hombre… … pero aquel hombre disponible y completo – matrimonio de la razón y de las fuerzas escondidas, sede del bien y el mal, investigador de la alquimia y la química, de la magia y la técnica, de la ciencia como arte y el arte como ciencia – no vivió mucho. Lo mató la política, fraccionando su mundo en naciones belicosas. Lo mató el pensamiento, empequeñecido por el racionalismo. Lo mató la ciencia mecanicista y desilusionada. Lo mató la religión, que ciñó el orbe a su mediocridad…”

Pues bien, es esa sociedad todavía inmadura la que mantiene una inexplicable actitud discriminatoria sobre las distintas condiciones sexuales. Como decía al principio si la ayuda mútua es el primer fundamento sociológico de los grupos de convivencia que luego han derivado en diversos conceptos de familia ¿porqué una familia tiene que estar constituida por individuos de distinto sexo? ¿Es que la ayuda mútua solo es posible en este caso? Es cierto que el hombre está “renaciendo de puntillas” porque el resto no lo deja crecer como un “hombre disponible y completo” hasta el punto de que para luchar por una “IGUALDAD REAL Y EFECTIVA” se hace necesario promover acciones que, bajo otra perspectiva social deberían ser innecesarias, como la del día del orgullo gay.

La homo-sexualidad, la hetero-sexualidad, la bi-sexualidad, la trans-sexualidad son disquisiciones que, lejos de combatir la discriminación, la remarcan al ponerle el “prefijo”. Todo es “sexualidad” todos somos “sexuales” y sus variantes deberían resultar socialmente indiferentes, neutras, indistintas; principalmente y quizá desde un arranque egoísta porque tal distinción ni beneficia al sujeto ni perjudica a los demás y mientras esta indiferencia no nos alcance a todos, incluidos los propios interesados, la humanidad no habrá descubierto su madurez social por mucho que haya logrado la científica o intelectual.
El orgullo de ser persona humana.

En la misma obra antes citada de Antonio Gala, afirma: “Si a un hombre pueden considerarlo un deshecho los otros hombres, la Humanidad es un estercolero.

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MISTICA Y ASCETICA IDENTITARIA

Stephen HawkingEn filosofía, la identidad es la relación que cada entidad mantiene sólo consigo mismo (Robert Audi: The Cambridge Dictionary of Philosophy). Lo místico, derivado del término griego “místikós” (cerrado, arcano o misterioso) es una actitud contemplativa, no racional, que en el uso cotidiano puede ser atribuida a distintas entidades, así hablamos de una mística pagana, una mística cristiana, una mística española, una mística religiosa, una mística teológica… En teología la ascética es la práctica de ejercicios o métodos para alcanzar ese estado místico o contemplativo. Así el yoga no es sino una ascesis que pretende ayudar a alcanzar el máximo estado místico del budismo: el nirvana.

En la relación cotidiana con nuestros semejantes, de manera impremeditada la mayoría de las veces, a través de la categorización nos situamos a nosotros y a los demás dentro de categorías: etiquetar a los demás como rubios, turcos, musulmanes, futbolistas, calvos o melenudos son formas de decir otras cosas acerca de ellos. Otra actitud que desarrollamos instintivamente es la identificación mediante la cual nos asociamos con nuestro grupo para reafirmar nuestra autoestima y establecemos la inmediata comparación con los demás grupos buscando el sesgo favorable hacia aquél con el que nos sentimos identificados. Estas prácticas de categorización, identificación y comparación constituyen propiamente la ascética que nos lleva de la mano a la contemplación mística de lo que se entiende por distinción psicosocial: que se presenta cuando deseamos que nuestra identidad sea a la vez distinta de y positivamente comparable con otros grupos. El fenómeno identitario no es sino el germen de la actitud discriminatoria, la cual se presenta cuando ponemos límites y fronteras al grupo con el que nos hemos identificado.
No habría nada que objetar, si mantuviéramos la pertenencia a un grupo a los únicos efectos de interrelación humana, social, racional, no excluyente, sin perder de vista que aquel grupo en que, de forma primaria, nos situamos no es sino un eslabón de la cadena formada con otros más amplios, con los que fácilmente podemos seguir identificándonos. Cabría hablar así de una mística y una ascética identitaria que no quedase estancada, que “progresara” ampliando el círculo, el perímetro, el radio desde el centro geométrico del que se parte que es el individuo. Así yo soy nacido en Ruzafa, “la terra el ganxo”, una alquería de origen andalusí cuyo nombre significa «jardín» y que hasta 1877 constituyó municipio independiente del de Valencia, por ello puedo afirmar que soy “ruzafeño”. Pero a partir del momento en que aquel municipio, junto con otros poblados del sur que lo integraban, desde el Faitanar hasta el Saler, el Perellonet y la Albufera, pasaron a formar parte del término municipal de Valencia, es evidente que yo soy valenciano. Es así que Valencia se halla en la Comunidad Valenciana, pues debo reconocerme como ciudadano comunitario valenciano. Si seguimos el enlace, se verifica que soy español, y en cuanto alarguemos el radio de mi circulo identitario resulto ser europeo, ciudadano del continente eurasiático y ciudadano del mundo. Por si algún día mis descendientes constatan que hay vida inteligente en otros planetas, dejaré dicho que me identifiquen como ciudadano del universo.
El problema nace cuando en el síndrome identitario se inoculan los virus del narcisismo, a saber: el nepotismo, el chauvinismo, el clientelismo, la xenofobia, etc. virus todos ellos que provocan que en esa comparación ascética busquemos el sesgo favorable, hasta encontrar la distinción psicosocial, es decir, la discriminación por rangos, cualesquiera que estos sean, el “conservadurismo” en suma. Para Stephen Hawking, en su obra interactiva digital “Vida en el Universo”, no existen demasiadas diferencias entre un virus biológico y uno informático, ambos necesitan de un conjunto de instrucciones que indican al sistema como sustentarse y reproducirse, los genes, y un mecanismo para ejecutar tales instrucciones, el metabolismo. Para Hawking el virus informático es más bien una forma degenerada de vida pues solo contiene las instrucciones o genes, pero no el metabolismo en si mismo ya que se limita a reprogramar el ordenador o célula anfitriona. Para él dice mucho el hecho de que la única forma de vida creada por la naturaleza humana haya sido algo meramente destructivo. Existen todavía otras clases de virus igualmente destructivos que están por identificar, los ideológicos.
El Estado de las Autonomías instaurado en España desde la Constitución de 1978, en sí, no debía generar ningún problema salvo el desafortunado invento de los dos caminos para alcanzar tal autonomía: el art. 151 y el 145. Pero salvada esta circunstancia, nada hacía presagiar lo que ha venido después. Sin saberlo, sin advertirlo, los virus narcisistas se han ido infiltrando en las convicciones de “casi todos”, hasta el punto de que para algunos consumir productos alimenticios, agrícolas o ganaderos, de zonas geográficas colindantes o distantes de la propia es poco menos que denigrante. Tales virus no han sido inoculados en nuestro organismo ni en nuestros ordenadores, sino en nuestra mente, en nuestras conciencias, en nuestras creencias, en nuestras ideas, cegando nuestro entendimiento y elevando a categoría de lógico o normal comportamientos de talante discriminatorio, mientras que por otro lado esas mismas voces entonan el cántico a la igualdad y a los derechos humanos. La distinción psicosocial (discriminación) cohabita impúdicamente con la constante apelación al derecho constitucional de igualdad ante la ley y para algunos – demasiados – no supone ningún problema llevarla encima como si de su uniforme de trabajo se tratara.
Es ineludible investigar en la búsqueda de retrovirales efectivos que nos ayuden a recuperar la sanidad mental y el equilibrio ideológico, dando a lo identitario la máxima amplitud de miras, removiendo fronteras ideológicas y derribando límites de conciencia. Es imprescindible devolver a la humanidad la convicción de que la ciudadanía va más allá de su círculo inmediato, más allá incluso de las fronteras geográficas, reconociendo nuestra pertenencia al único grupo posible, el ser humano.
Supongo que más de un lector se ha quedado esperando que hablara de los nacionalismos. Es evidente que, por implícito, resultaba innecesario.

Joel Heraklion Silesio