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EN BUSCA DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado.(Jean-Jacques Rousseau)

 

La libertad implica un permanente ejercicio de la capacidad de optar, es mantener siempre la aptitud para elegir entre varias posibilidades. Aquello que permite a alguien decidir si quiere hacer algo o no, lo hace libre, pero también responsable de sus actos en la medida en que comprenda las consecuencias que de ellos se derivan.

Le concepto de libertad es la matriz de donde se derivan los demás subproductos parciales, como la libertad de conciencia, también denominada libertad intelectual, la libertad de expresión, la libertad de prensa o de imprenta. Todas estas acepciones afectan al individuo como tal, pero siempre mantienen una especial referencia a la interacción de ese individuo y la sociedad, ya sea en su conjunto o en relación a un determinado grupo social más o menos reducido o identificado.

Declaración de los Derechos Humanos - Texto en español

Declaración de los Derechos Humanos – Texto en español

El derecho a la libertad de expresión es definido como un medio para “la libre difusión de las ideas” y así fue concebido durante la Ilustración y desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 se constituyó en derecho fundamental recogido en el artículo 19.º de aquella. Pero conviene destacar que no constituye un derecho omnímodo e ilimitado, la ofensa y el daño a otro individuo constituye sin duda su más indiscutida limitación.

Ricardo Yepes Stork, ([1]) afirma que «Yo no soy libre de tener una determinada constitución biopsicológica, ni de nacer en un determinado momento histórico o en cierta región, pero sí soy libre de asumirla o no en mi proyecto biográfico. Imaginarse una libertad pura, carente de estas condiciones, sin limitación, es una utopía; una libertad así sencillamente no existe, pues todos estamos determinados inicialmente en nuestras decisiones por la situación que vivimos y por el tiempo en que hemos nacido«

Para algunos filósofos, como Rousseau, la libertad es inherente a la humanidad y constituye la facultad o capacidad de conciencia del individuo para pensar y obrar según la propia voluntad, pero sin olvidar que todas las interacciones sociales con posterioridad al nacimiento implican una pérdida, voluntaria o no, de libertad.

Haciendo uso de mi propia libertad de conciencia, puedo afirmar que más allá del lugar de nacimiento o del tiempo en que hemos vivido o del grupo social en que nos estemos desarrollando, existen infinitas formas de encontrarnos día a día con limitaciones a nuestra libertad personal e individual, tantas cuantas opciones podamos adoptar en las innumerables encrucijadas ante las que nos encontramos casi a cada hora.

Si decido viajar en metro en lugar de utilizar mi automóvil, estoy limitando mi libertad de circulación a los itinerarios por los que me trasladará el transporte colectivo, pero si opto por usar mi automóvil, estaré limitando mi libertad de circulación por las aceras, jardines o lugares expresamente reservados a los peatones. No creo necesario insistir en más ejemplos de índole semejante para que el lector entienda perfectamente que cada vez que ejerzo una opción o tomo una determinada decisión, estoy cerrando las puertas a las demás opciones o posibilidades que mi libertad me ofrecía, estoy en definitiva limitando mi propia libertad.

El Genio de la Libertad (Dumont)

El Genio de la Libertad (Dumont)

Eso, que aparentemente parece tan claro y evidente, resulta en la práctica confuso y olvidado por quienes pretenden mantener el derecho a circular por un camino distinto al que han elegido enarbolando un concepto deformado de la libertad.

 La autolimitación de la libertad, que está más allá de la que se me pueda imponer por la norma legal o por quienes detentan parcelas concretas de poder, se puede ver claramente identificada en el hecho religioso. Cada persona en un momento de su vida puede plantearse su opción de conciencia, puede ser ateo o simplemente agnóstico pero si opta por ser cristiano resulta difícil de entender que pueda mantener sus convicciones ateas o agnósticas dentro de cualquiera de las opciones cristianas al uso, al igual que si un cristiano pone en duda la virginidad de María no parece coherente que pretenda permanecer en el catolicismo.

 En suma cuando tomamos la decisión de adscribirnos a un determinado grupo social cohesionado por sus creencias o ideologías, estamos de hecho reduciendo el espectro de opciones en el que mover nuestra libertad de expresión – que no de conciencia – ya que mi pensamiento puede desde luego contemplar convicciones que, circunstancial y puntualmente, disientan con parte de las que rijan en ese grupo social.

La cuestión se encrudece cuando pretendemos hacer prevalecer nuestra libertad de conciencia, a través de la de expresión, sobre las normas del colectivo. Esa es una crisis que entraña graves dificultades de discernimiento. Esta crisis se ve más claramente reflejada en política, cuando la persona opta por inscribirse en un determinado grupo o partido político.

Resulta evidente convenir que el militante en un partido no tiene porqué coincidir ideológicamente con todos los planteamientos o propuestas políticas de su organización, aunque sí que parece coherente que, al menos, debería coincidir en una inmensa mayoría de ellas, sobre todo en las más trascendentales o fundamentales.

Podríamos igualmente convenir que ese ejercicio de la libertad de expresión permite formular sus discrepancias dentro de la propia organización y dentro de los cauces que a tal efecto hayan establecido las normas por las que se rijan.

Podríamos también convenir que, en determinados contextos, tales discrepancias puedan mantenerse también fuera de los cauces anteriores pero, llegados a este punto, la crisis se puede agudizar si no se mantiene la prudencia y coherencia adecuada hasta el extremo de quebrar o traspasar los límites a que el propio individuo sometió su propia libertad personal cuando optó por inscribirse en él.

Porque, siguiendo con el uso de mi libertad de conciencia, mantengo que cuando fui libre de elegir, u optar, por una determinada opción política debí ser también responsable de las consecuencias que de tal decisión se derivan.

Mantengo igualmente que mi libertad de expresión debe quedar limitada en todo caso por la ofensa a otros individuos – o al grupo – y por el daño que se le pueda inferir a otro individuo – o al grupo – más allá de los cuales no parece legítimo llegar.

Joel Heraklión Silesio.

([1]) Ricardo Yepes Stork nació en Madrid el 8 de diciembre de 1953 y falleció el 26 de diciembre de 1996 en Huesca, a causa de un accidente de montaña. Fue un profesor universitario, un ensayista y un filósofo brillante que dirigió algunos empeños editoriales. Es autor también de varios libros de Filosofía y Antropología.
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DEJEMOS DE RUMIAR

Cuentan de un sabio, que un día    

tan pobre y mísero estaba,

que sólo se sustentaba

de unas yerbas que cogía.

«¿Habrá otro», entre sí decía,

«más pobre y triste que yo?»

Y cuando el rostro volvió,

halló la respuesta, viendo

que otro sabio iba cogiendo

las yerbas que él arrojó.

Calderón de la Barca (S. XVII)

El adjetivo “sabio” tiene dos acepciones en el DRAE: Quien tiene profundos conocimientos en una materia, o quien, aún careciendo de tales conocimientos, posee la sabiduría. Mi abuelo materno, que era un sabio en esta segunda acepción, repetía a menudo: “Una medalla en el pecho… ¿qué barbaridad has hecho?” Este epigrama bien puede ser la transcripción a tiempos de la posguerra civil española, en que la usaba mi abuelo materno el sabio, de aquella otra atribuída a Ugo Fóscolo (poeta italiano de finales del XVIII, principios de XIX): En tiempos de las bárbaras naciones colgaban de la cruz a los ladrones Ahora, en el siglo de las luces, del pecho del ladrón cuelgan las cruces.

Tal parece que la primera acepción que la Real Academia le atribuye al sabio fue totalmente ignorada por nuestro ya expresidente del Gobierno. No he podido obviar el recordar estas cantatas, cuando en su día le oí decir al expresidente Rodriguez Zapatero algo así como que los técnicos tendrán su opinión, pero no se gobierna un país con la opinión de los técnicos. Sus palabras casi literales fueron: “…es lo que a veces pasa: tienes todos los técnicos… pero cuando se monta un lío, ni técnicos ni nada..”. Menudo epigrama para el que ha sido máximo responsable de la administración de un país.

Lo que pasa es que para ver bien un paisaje hay que estar fuera de él: en lo alto de una montaña o en un mirador preparado “ad hoc”. Y nosotros estamos viviendo una etapa de la historia que todavía no podemos contemplar con cierta perspectiva por el simple hecho de estar inmersos en ella. Tras aproximadamente un milenio de latencia medieval se han venido produciendo en occidente una sucesión de “revoluciones” que se iniciaron con el Renacimiento (s. XV-XVI) y a partir del cual la secuencia entre uno y otro suceso se ha ido acortando hasta llegar en algunos casos a solaparse. Siglo y medio después la revolución industrial, de origen británico, cambia los paradigmas productivos traslapándose durante los siglos XVIII y XIX con la revolución francesa que altera el modelo de la monarquía tradicional. A principios del XX se produce la revolución bolchevique, como antítesis de la hegemonía del capitalismo instaurado desde la revolución industrial. A lo largo de este reciente siglo, sigue desarrollándose una revolución tecnológica y cibernética que todavía nos alcanza y que no da señales de haber llegado a su fin.

La vertiginosidad de los cambios hace que estemos viendo el paisaje desde la ventanilla de un tren bala a su máxima velocidad, lo que reduce nuestra capacidad de análisis del entorno en que vivimos.

Hace algún tiempo, con ocasión del resultado de las últimas elecciones europeas (2009) el insigne ideólogo socialista y politólogo Ludolfo Parámio, en un articulo de opinión publicado en El País afirmaba, en referencia a la crisis de las ideas socialdemócratas, que no hay tal, ya que están siendo adoptadas por los gobiernos neoliberales de la U.E. afirmando que: “Resulta una llamativa paradoja que, en un momento en el que las ideas neoliberales se encuentran ante un fuerte descrédito, las elecciones europeas se hayan traducido para los socialdemócratas en un notable retroceso de casi seis puntos respecto a 2004…  …a juzgar por las políticas que se están aplicando, no es fácil hablar de crisis de las ideas socialdemócratas: más bien parece que la derecha se las ha apropiado”.

Por su parte el expresidente Aznar en la inauguración del “Campus FAES 2009” hizo casi por las mismas fechas un análisis totalmente opuesto, si bien estas perspectivas enfrentadas resultan coherentes con la ideología de sus ponentes.: “Lo han dicho rotundamente en toda Europa. Los ciudadanos han respaldado a los gobiernos de centro-derecha, a los gobiernos liberales y conservadores, a los gobiernos que respaldan claramente la economía de libre mercado. Los europeos han decidido confiar, por una abrumadora mayoría, en la opción política que ha demostrado que es capaz de crear prosperidad, crecimiento y empleo. Y han dado la espalda a la opción política que sólo promete subsidios y subidas de impuestos, y con ellos sólo consigue más paro y recesión.” A poco que hayamos seguido con cierto interés lo mucho que se publicó sobre los resultados de Europa-2009, veremos que los análisis y causas esgrimidas para la derrota de unos y el éxito de otros son variopintas, contradictorias, sesgadas, interesadas y en algunos casos absurdas, muy pocas veces acertadas.

Se me hace necesario ahora citar un artículo del literato y periodista peruano-sevillano Fernando Iwasaki que escribió por entonces en ”abcdesevilla.es” acerca del Babel informativo que se respira en España: “Me haría ilusión que la misma unanimidad que existe para decir que Alfonso Sastre es un etarra, se diera también para llamar ladrón al ladrón, inepto al inepto y corrupto al corrupto, pero sé que tal cosa es imposible porque ni siquiera hay consenso mediático acerca de la naturaleza del acto que acabó con la vida de Carrero Blanco. ¿Fue un atentado terrorista o una hazaña revolucionaria? Columnistas y tertulianos tampoco se ponen de acuerdo al respecto.

Por eso he llegado a la conclusión de que todo esto es “rumiar”, ya sabe el lector, pasear por los cuatro cuartos del aparato digestivo de los rumiantes algo que no se sabe bien cómo digerir: del rumen al retículo, luego al omaso y por fin al cuajar.

¡Pasen señores pasen!… pasen y vean…  y lean:

* el gobierno debe hacer todo lo que pueda para apoyar a la empresa, pero nunca creer que es un sustituto de ésta. La función esencial de los mercados debe complementarse y mejorarse mediante la acción política, y no debe ser entorpecida por ella. Apoyamos una economía de mercado y no a una sociedad de mercado

** Mantener el mismo empleo para toda la vida es algo del pasado. Se deben acomodar las crecientes demandas a la flexibilidad y, al mismo tiempo, mantener unos estándares sociales mínimos, ayudar a las familias a afrontar el cambio y abrir nuevas oportunidades.

*** el estado no debería remar, sino conducir: ¡no a un excesivo control¡. La burocracia del sector público debe reducirse a todos los niveles

**** los recortes de impuestos pueden jugar una función crítica a la hora de cumplir con sus amplios objetivos sociales.

Para muestra valen estos cuatro botones. ¿Verdad que parecen responder a una ideología liberal, de corte conservador y de derechas? Pues no. Estas frases han sido especialmente escogidas – hay muchas más – del manifiesto de dos ilustres socialdemócratas europeos pronunciadas halla por los finales del siglo XX, aunque parecen haberlo sido al pairo de la crisis internacional actual. Son nada más y nada menos que del británico Tony Blair y del germano Gerhard Schroeder.

¿Son los conservadores los que se apropian de las ideas de los socialdemócratas, como afirma Parámio, o son éstos los que se acercan al liberalismo? ¿De verdad la inmensa mayoría de los votantes tienen claro qué supone una y otra alternativa, como cree Aznar? ¿A la hora de votar distinguen entre Keynes y Adam Smith, o Friedman? Intuyo que unos y otros rumian y no alcanzan a salir de uno u otro compartimento digestivo.

La sociedad actual, globalizada e interactiva, precisa de un nuevo paradigma, de una nueva mente, de una línea de pensamiento que acabe con las viejas dicotomías. Según Blair y Schroeder: “La mayoría de las personas hace mucho tiempo que abandonaron la opinión mundial representada por los dogmas de izquierda y derecha“, Hay un refrán muy español que afirma que “en el término medio está la virtud”. Habrá pues que dejar de rumiar y tirar por el camino de en medio. ¿Será éste la ya vieja propuesta  “tercera vía” de Schroeder y Blair?