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FLORILEGIO de Dimes y Diretes (recopilación de 2015)

Confucio creador de las AnalectasCerrado el 2015, creo necesario hacer la recopilación anual de las ANALECTAS o florilegios de JOEL HERAKLION. Con esta tercera edición parece haberse convertido esta publicación en algo ya tradicional, que prometo mantener, a ser posible de forma puntual, cada cambio de año. Los que me conocen y siguen saben que todas han sido publicadas antes en twitter y facebook.

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Florilegios 2013Florilegios 2014

 

 

El destino no está en nuestra mano pero podemos propiciarlo. Si buscas lo que deseas que suceda, bueno o malo, será más fácil encontrarlo.

Cuando no impera el sentido común, termina por imponerse la iniciativa de aquellos a quienes menos les interesa que prospere dicho sentido.

Hay una radical diferencia entre comunicarte para expresar tus convicciones y conquistar la popularidad con tus opiniones más extravagantes.

Estar de acuerdo con la tribu es más por razones de seguridad global que por coincidencia con sus convicciones. Falta de pensamiento crítico.

Los muros de la mente son de runas de creencias religiosas, políticas y mediáticas. Nos ayudan a apuntalarnos pero nos impiden ver más allá.

Convertir al enemigo, al malvado o al delincuente en mártir no es garantía de lograr con ello su impopularidad ante los demás conciudadanos. Crear mártires nunca fue rentable para los verdugos.

Libertad es poder hacer lo que está permitido. Si se pudiera hacer lo prohíbido ya no habría libertad; los demás también tendrían esa facultad.

Hay que tener cuidado en no confundir el que nadie es imprescindible con aquellos que son muy recomendables.

Si buscas al culpable los tiernos lo encubrirán. Si buscas soluciones sus víctimas lo evidenciarán. Pon la solución, el castigo vendrá luego.

La fidelidad a mi pareja solo mientras dura el amor. A las ideas solo hasta que constate que estoy equivocado. Nada es para siempre.

Mientras sigas pensando que los que se equivocan son los demás, no estarás en condiciones de corregir tus propios errores.

La política es una actividad noble, pero nunca puede ser una profesión.

El malvado que engaña a un bondadoso se cree el más inteligente. Nada que ver la maldad con la inteligencia ni la bondad con la estulticia.

Desconfía de quien te ofrece su ayuda para solucionarte conflictos o problemas que él mismo te ha creado.

Tanto el éxito como el fracaso son valoraciones humanas siempre subjetivas y frecuentemente erróneas. Ambos son efímeros y transitorios.

Dicen que todos tenemos un precio. En cuanto a mí no sé si es que soy muy caro o que no le intereso a nadie. Aún no he encontrado el mío.

El término alienígena es el status más elevado del sentimiento identitario que la humanidad debe superar, si no el desencuentro está servido.

emigrantesCuando camino por un sendero transitado por una inmensa mayoría de personas, lo primero que me pregunto es ¿quién nos ha conducido hasta él?

Iguales y diferentes; el antónimo de la igualdad es la desigualdad y el contrario de la diferencia es la homogeneidad.

Los diplomáticos son personas a las que no les gusta decir lo que piensan, a los políticos no les gusta pensar lo que dicen.

Karl_Popper

                       Karl Popper

La confianza en la ciencia hay que tenerla desde la óptica de Karl Popper: es solo un camino. La fe religiosa depende de cada uno, es relativa.

Un pasado no superado es un presente no disfrutado. Y un futuro abandonado.

Una fuerte convicción del poder: no decir la verdad sobre las realidades económicas de hoy en día. La gente no lo soportaría.

No es fácil entender el doble sentido de las declaraciones de los políticos sí careces de la malicia con que las piensan. Un civil sin malicia.

Antes de decidir que alguien te va a oír reflexiona sobre si te va a escuchar. No malgastes tu tiempo ni tu energía inútilmente.

Primero nuestra familia, luego mis vecinos, mis conciudadanos, mis compatriotas, al final todos los seres humanos.

El mantenimiento de tu prestigio, en un debate abierto, va a depender de tu capacidad de reconocer válido el discurso de otros contertulios.

La idea, el concepto que bulle en nuestra mente, tiene volumen: es tridimensional. El lenguaje con que la expresamos es plano: es bidimensional.

La singularidad de cada uno de nosotros nos iguala a todos.

Aunque la mayoría de políticos son un problema, la política NO ES el problema. Es necesario que toda la ciudadanía se implique en política.

El saber es un espacio universal donde todos podríamos coincidir, sorbiendo frutos de él sin medida y sin fin: la salvación de la humanidad.

Cuando hablamos de «los demás», nosotros mismos somos también sus «demás». La cultura y la gestión del prójimo son cruciales para el futuro.

Los valores esenciales alcanzan la universalidad, más allá de las fronteras. Mientras, soportan una diversidad de expresiones culturales.

Entre las «civilizaciones humanas» están las naciones, las etnias y las religiones. La «civilización humana» es esa aventura en que estamos.

Es penoso que aquellos a quienes les has dedicado parte de tu tiempo te olviden, pero más triste es aún que te ignoren.

Si no se hacen ocho apellidos de los 15 territorios restantes pensaré que solo se trataba de potenciar los nacionalismos independentistas.

A mi edad ya he hecho casi todo lo que tenía que hacer. Tan solo me metí en política para ayudar a los demás a hacer lo que les queda por hacer.

El dominio de la lengua no hace literatos, el de los colores no hace pintores. La dialéctica no basta para ser políticos: necesitan talento.

Desde luego no siempre mi criterio coincide con el de mi interlocutor, pero es demasiado frecuente que él piense que el equivocado soy yo.

Lo trascendente se camufla a menudo como banal, mientras lo superfluo se presenta tantas veces como primordial. Escala axiológica alterada.

Lo laico no es caer en lo irreverente es estar más allá de lo religioso, no más acá. Implica respeto a cualquier culto incluso la falta de él.

Para trabajar por lograr un objetivo hay que mantener la esperanza de conseguirlo pero para mantener esa esperanza hay que seguir trabajando.

Actuar responsablemente es la mejor manera de evitar tener que hacer frente a responsabilidades. No intentes ir más allá de tus capacidades.

El ensimismamiento, el desviar la mirada, nos impide ver lo que tenemos delante.

Primero se dice lo que se dice, luego se hace lo que se hace, pero pocas veces se hace lo que se dice. En política se entiende.

La conducta educada se observa en presencia del prójimo, el civismo se practica solo, sin necesidad de testigos.

Entre dirigir y mandar hay la misma distancia que entre lo racional y lo arbitrario.

Por humildad siempre me sitúo un peldaño por debajo de mis interlocutores pero la soberbia de muchos de ellos evidencia mi lamentable error.

Mi esposa es lo suficientemente independiente para no aceptar una propuesta mía sin antes asegurarse por sí misma de que es acertada y lo suficientemente inteligente para que yo acepte las suyas sin necesidad de comprobarlo.

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Élan vital, Gaia y la vida misma.

Es difícil desconectar la idea de religión de la idea de un dios, por no decir imposible.

También es cierto que todos estos conceptos (o creencias) orbitan alrededor de la necesidad, que en algunos alumbra, de la existencia de un más allá donde retornan los espíritus de los que van (vamos) abandonando esta vida.

Yo no puedo evitar el entroncar estas consideraciones con aquellas tres preguntas que mantienen al humano en vilo permanente: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Pero siempre he necesitado conectar toda esta fenomenología con el hecho singular de la vida misma, la vida tal como la conocemos y en la forma en que ha evolucionado desde los tiempos en que la tierra dejó de estar incandescente.

Trataré de ser conciso, aunque con esta cuestión pueda parecer una heroicidad solo el intentarlo.

ADNHasta donde sabemos y la ciencia admite, la vida en este planeta comenzó con la aparición de los primeros compuestos orgánicos, en forma de aminoácidos que evolucionando  hacia el ácido ribonucleico (ARN) – nadie ha sabido explicar hasta hoy de forma indubitada cómo – y luego al desoxirribonucleico (ADN) llegaron a constituir los primeros seres unicelulares o protozoos.

De ahí se desarrollaron las dos grandes ramificaciones de la vida, considerada cono «esencia vital» (Élan vital, para Henri Bergson) la vida vegetal y la vida animal (dejemos algunas posibilidades intermedias al margen: líquenes, helechos, hongos…).

La biología y la revolución darwiniana han ido constatando que para la subsistencia de una clase de vida, es imprescindible la preexistencia de otra que tiene que ser destruida (ingerida) por aquella.

James_Lovelock_in_2005

James Lovelock en 2005

Demos un salto de algunos eones en la historia del planeta y nos encontraremos al final de ella con el presente. A poco que observemos podemos constatar que esa energía vital, esencia vital o élan vital, como queramos llamarle, es en sí misma lo que ha venido creando y generando a su alrededor los medios para garantizar su propia subsistencia. (Consúltese la teoría de Gaia de James Lovelock).

Gaia

La hipótesis de Gaia: dadas unas condiciones iniciales al principio de la vida en el planeta, ha sido la propia vida la que las ha ido modificando. La vida en el planeta ha sido posible no porque preexistieran las condiciones naturales que hoy conocemos sino porque han ido siendo generadas por la propia vida través de los tiempos.

Resumiendo: a la vida, considerada con el alcance que le acabo de atribuir, no le importa la existencia de determinadas especies uni o pluricelulares cualquiera que sea su tamaño: hongos, insectos, algas, reptiles, aves o mamíferos. A la vida, como ente que nos sobrepasa y que nos supera y que yo considero que es la causa última de todo este entramado de seres, lo que le interesa es precisamente su propia subsistencia como tal «esencia vital» y todo lo demás está supeditado contingentemente a su propia necesidad. (No puedo evitar recordar aquella celebérrima y humorística frase del film de José Luis Cuerda, «Amanece que no es poco» en la que los vecinos le dicen a su Alcalde: «Nosotros somos contingentes. Tú eres necesario»).

Desde esta perspectiva nosotros, los humanos, solo representamos una contingencia más, elaborada por la propia vida para su propio interés, para su propia subsistencia, para su «necesidad». Somos peleles o polichinelas, manejados a su antojo y cuando no nos necesite, simplemente se deshará de nosotros, como a lo largo de millones de años se ha deshecho de tantas otras especies cuya existencia desconoceríamos si no fuera porque sus fósiles nos han dado fe de su presencia en nuestro planeta.

Cuando decimos «mi vida», estamos cometiendo un grave error, mi vida no es mía, yo soy «de la vida», la vida es la propietaria última y definitiva de mi ser y de cada uno de los seres vivos, sean unicelulares o vertebrados.

Por lo tanto, no venimos de ningún sitio especial. Deberíamos desgajarnos de nuestro propio antropocentrismo, de nuestro insultante egocentrismo y admitir ya de una vez, que tampoco vamos a ningún sitio o lugar excelso en el que descansar después de haberle sido útil al élan vital, a la esencia vital.

Desde esta perspectiva, no solo cabe considerar a quienes creen en las religiones, en entes sobrenaturales y en los estados espirituales más allá de este mundo material, como seres equivocados, faltos de una visión realista y racional de nuestra naturaleza, sino que resulta relativamente fácil convenir en que todos estos caminos de santidad son en realidad la culminación del egocentrismo más exacerbado al que cualquier ser vivo pueda llegar.

Exquisito antropocentrismo rallante en el egoísmo más radical.

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JUEGOS DE VIDA, JUEGOS DE MUERTE

2266. La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio. Por este motivo la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte.
(Catecismo de la Iglesia Católica. Tercera Parte, Segunda Sección, Capítulo Segundo, Artículo 5  EL QUINTO MANDAMIENTO. I El respeto de la vida humana…)
 

I – La pena capital. El debate sobre la pena de muerte desapareció prácticamente de la escena política española tras nuestra transición democrática, empero en los últimos tiempos y de manera lamentable ha comenzado a reflotar en la opinión de no pocos círculos privados, quizá demasiados, aquellos que en otra ocasión denominé como ciudadanos silenciosos. Los atentados terroristas, los violadores reincidentes – recalcitrantes diría yo – y aún los asesinos encapsulados en el eufemismo de “violencia doméstica”, que tiene mucho de violencia y nada de doméstica, o el de “violencia de género”, han venido despertando en gran parte de esa ciudadanía silenciosa la nostalgia de la pena capital. 

En las aulas de la Facultad de Derecho de Valencia, todavía en el histórico y vetusto edificio de la calle de la Nave, durante la musicalmente denominada década prodigiosa de los sesenta del pasado siglo, abrió brecha una importante corriente universitaria contra la entonces vigente pena de muerte entre cuyos seguidores me cabe la satisfacción de poder incluirme. El ilustre iusnaturalista D. José Corts Grau – para entonces Rector Magnífico de la Universidad Literaria valenciana – se prodigaba en esfuerzos para justificar aquella pena considerándola como la amputación del órgano enfermo que hace peligrar la vida del paciente u otros argumentos de similar inconsistencia, llegando incluso a aportar fundamentos teológicos o de derecho divino o de defensa de la sociedad contra sus agresores. Resulta curioso que la Iglesia Católica en su doctrina nunca se haya manifestado abolicionista… es verdaderamente curioso. 

Pero el afán antifranquista, en ocasiones embadurnado de anticlericalismo, y el rechazo a toda reminiscencia de la dictadura, ha hecho evolucionar el derecho penal español a derroteros que ponen en peligro la salud mental de una gran porción de ciudadanía que – hasta anteayer – había asimilado con encomiable sosiego la abolición de la pena de muerte, de tal suerte que todos nos encontramos con algún vecino, amigo o incluso familiar que, ante situaciones desgarradoras como las de violadores reincidentes, delitos de terrorismo u otros de similar gravedad, nos dice (casi al oído por si acaso): “Esto se acabaría restaurando el garrote vil”.

Y es que estos irreflexivos – pero respetables ciudadanos – que quieren recuperar no tanto la pena de muerte cuanto la tranquilidad de todos, están evidenciando que hoy en España delinquir resulta barato. Por un lado la venialidad de las penas, por otro la inexistencia de una auténtica reinserción en infinidad de casos y la remisión de condena en casi todos, hace que gran parte de la sociedad se indigne por el trato que nuestro sistema judicial aplica a delincuentes que no solo son antisociales sino que, a mayor abundamiento, son peligrosos.

Resulta ineludible y aún imprescindible caminar hacía una auténtica – y todo lo revisable que se quiera – cadena perpetua en la que la única remisión posible esté exclusivamente condicionada a una acreditada reinserción, al estilo de la de D. Eleuterio Sánchez, que tras haber sido condenado a muerte y conmutada su pena a cadena perpetua todavía bajo la dictadura franquista, quedó definitivamente en libertad en 1981. Su nivel de reinserción fue tal que, detenido por última vez en 2006 por la Guardia Civil tras una denuncia de su esposa por malos tratos, los tribunales confirmaron definitivamente su absolución por violencia de género siendo declarada falsa por los jueces la denuncia interpuesta. ¿Acaso es éste un peor avatar que el que se hubiese derivado de la ejecución de la primera condena?

Solo trabajando en esta dirección será posible devolver a toda la sociedad una, hoy descarriada, confianza en la justicia y poder enarbolar de nuevo, con el orgullo de los universitarios de los sesenta, la bandera abolicionista. Ni la preservación del bien común de la sociedad, ni colocar al agresor en el estado de no poder causar perjuicio justifica en modo alguno, ni tan solo en los de “extrema gravedad”, la pena capital. Las sociedades modernas, actuales, son más fuertes que todo eso incluso en el supuesto de nula reinserción. El Estado cuenta con medios suficientes – ciertamente onerosos – para garantizar la protección responsable de la sociedad y el aislamiento del agresor (salvo que lo que realmente se pretenda sea economizar erario público). La lenidad punitiva instaurada en nuestro sistema legal no se sostiene bajo ningún emblema ideológico, ni histórico, ni de lucha antifascista, ni tan siquiera democrático. Cuando los ciudadanos silenciosos se ven desprotegidos y comienzan a considerar los derechos de los condenados como privilegios, se vuelven reaccionarios y, como tales, propenden a restablecer lo abolido.

Llevemos cuidado, ni la vida ni la muerte son un juego. El no a la pena capital debe seguir siendo un objetivo con vocación de universalidad, porque nosotros no somos dueños de la vida de los demás, porque nosotros ni siquiera somos dueños de nuestra propia vida, no disponemos de ella sino todo lo contrario, es la vida, es la esencia vital, “l’elán vitale” la que dispone de cada uno de los seres vivos organizando la biosfera y manteniéndola en homeostasis tal como James Lovelock conjeturó en su original “Teoría de Gaia” para asegurar su propia supervivencia… la de la esencia vital, no la nuestra.

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EN TORNO A LA “EXISTENCIA”

Respetar la vida y no temer la muerte son los recintos mentales en los que puede reposar la más elevada tesis del intelecto.

Decía Ortega y Gasset([1]) que el nacimiento y la muerte son los dos únicos acontecimientos de la propia vida sobre los que nuestra voluntad no tiene capacidad alguna de influir. La ciencia actual introduciría muchos matices a tan rotunda afirmación, pero Ortega no hablaba en términos científicos sino filosóficos y es en este sentido en el que la máxima mantiene toda su vigencia. Cierto es que la medicina actual le reconoce hoy al feto, en líneas generales, una cierta voluntad de nacer para que el parto sea posible. Y al filósofo no se le escaparía la potencialidad humana para el suicidio concebido en su forma más radical o traumática como el disparo en la sien o, en su manifestación más liviana y pasiva, como el abandono voluntario de la supervivencia mediante la inanición. No me cabe la menor duda de que utilizó los términos nacer y morir para emboscar en ellos unos conceptos mucho más profundos y minuciosos que el mero hecho del parto y del suicidio. Tenía otra perspectiva.

Sobre la vida, como sobre un paisaje o sobre cualquier otro acontecimiento, se pueden tener diversas perspectivas. Ayer mismo enfocaba con el menor de mis hijos algunos distintos puntos de vista sobre el riesgo de morir. Es un deportista nato, se está preparando para ser un técnico y trabajar de modo profesional en ese mundo y regresaba de realizar unas prácticas de piragüismo y rappel. Antes de iniciar los ejercicios el responsable de la organización había preparado un contrato de seguro de responsabilidad civil exclusivamente para cubrir los riesgos de accidentes con los que iban a participar en ellos. Mi hijo me explicaba que de todas formas se habían tomado todas las precauciones y establecido todas las garantías, comprobando el perfecto funcionamiento de los arneses, el adecuado estado de las amarras y sin embargo se había contratado un seguro de accidentes. Si verdaderamente se han tomado toda clase de precauciones y todas las garantías era innecesario el seguro y si no se han tomado las debidas medidas de seguridad el seguro no cubriría los riesgos por lo que no sería razonable contratarlo. En cualquiera de ambos casos, desde un punto de vista de la exclusiva racionalidad, desde la lógica en su sentido más filosófico, parece que bastaría con tomar todas las cautelas ¿a qué el uso, quizá obligación, de contratar una cobertura? El concepto de vida está sobrevalorado en la civilización occidental de mas acá del siglo XX. La vida no tiene precio, pero no por que sea tan sumamente apreciada que su valor resulte incalculable, sino por todo lo contrario, no es un bien evaluable si tal evaluación tratamos de hacerla en moneda de curso legal, la vida tan solo es evaluable en términos de fenómeno de la naturaleza y es desde esta óptica que afirmo que no tiene precio.

Entremos pues en materia.

“Nacemos” en un momento ya avanzado de nuestra propia vida, tras, más o menos, nueve meses de gestación. No voy a entrar en la tautológica altercación sobre cuándo se inicia la vida de un ser humano ¿qué más da? A mí tal controversia me parece totalmente irrelevante y el hecho mismo de entrar en ella, vergonzante. Y éste es quizá el “letmotif” de este escrito, destapar el frasco de las esencias, la caja de Pandora sobre lo superficial, mezquino y siempre ideologizado debate alrededor de la vida o la muerte de un ser o individuo en particular.

Lo único importante es que el feto está vivo ya antes de su nacimiento. Analizando la concatenación de acontecimientos del parto en sí mismo, si la voluntad del “nasciturus” juega el papel que le corresponde, a tenor de las opiniones de la ciencia moderna, resulta evidente que no era este hecho puntual el que contemplaba Ortega cuando expresó su aforismo. En el alumbramiento – dar a luz no solo es el término más delicado o exquisito sino quizá el más preciso y exacto – en él parece que el propio feto participa en la labor de abrirse camino hacia la luz, por ello cuando el pensador habló de “nacimiento” se refirió sin duda al hecho de “entrar en la vida”, a iniciar su ciclo vital, lo que yo doy en llamar la “in_vita”, cualquiera que fuera el momento en que esta entrada se produjera, muy anterior por supuesto al propio parto. Lo que parece ya incuestionable es que donde la voluntad del ser humano carece de opciones es en este entrar en la vida, en ese justo momento en que se inicia el ciclo vital, y no en el nacimiento o alumbramiento mismo.

Y ¿Qué decir de la muerte? El suicidio, aunque sea por inanición, por abandono depresivo del deseo de vivir, es también un acontecimiento muy anterior a la propia muerte. La ciencia médica ha introducido desesperantes y angustiosos matices al concepto de muerte: se habla de una muerte clínica, de una muerte cerebral y de una muerte certificada o jurídica. La única y autentica muerte es la expiración en el sentido más literal de la palabra, y a ella, estoy absolutamente seguro, aludió el insigne pensador cuando afirmó que era el otro hecho de nuestra propia vida sobre el que carecíamos totalmente de capacidad de influencia. El hecho mismo de la expiración está más halla del alcance de nuestra voluntad, podríamos propiciarla, crear las circunstancias para que ésta sobreviniera, pero la expiración en sí como fenómeno biológico considerado por unos como momento en que se disocia el espíritu del cuerpo, y por otros como aquel en que expelemos el último hálito de vida, en el que nuestro organismo deja absoluta y definitivamente de funcionar como un ser vivo y se transforma en materia inerte, ese puntual momento escapa por completo a nuestra participación activa. Precisaré esta afirmación: “la muerte es el otro hecho de nuestra vida sobre el que carecemos de capacidad de influencia”. Es necesario profundizar en este concepto para entender lo que pretendo decir. Resulta imprescindible asimilar que la muerte es “un hecho más de nuestra vida”, entender que forma parte de ella, que no es otra cosa que su propio fin, es lo que yo he dado en denominar la “ex_vita”, la salida de la vida. Sobre esta cuestión volveré quizá más adelante, cuando haya tenido la oportunidad de describir y puntualizar aquellos hechos y resultados, extraídos del propio avance científico, que me han llevado a tales conclusiones.

No hay que perder de vista que las afirmaciones de Ortega, a las que aludo en el presente escrito, fueron manifestadas hace aproximadamente un siglo y la información científica de la que disponemos hoy obligaría a matizarlas y quizá aún a extenderlas; para mí es sin duda concluyente que en el inicio de su vida, en el “in_vita” y en su salida, en el “ex_vita” el propio individuo no tiene capacidad alguna de influir. Es sobre estas dos premisas de lo ineluctable del nacimiento y la muerte que Ortega construye la teoría de que sólo en lo sucedido a cada uno de nosotros entre aquél y ésta, nuestra voluntad participaba, o podía participar, con más o menos intensidad. Nosotros influimos en todo nuestro acontecer a la vez que éste influye en cada uno de nosotros. Este es el principio de su definitiva afirmación: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Hoy conocemos muchos más datos y por ello, matizando a Ortega (lo digo con la máxima humildad) cabría decir que “es sobre el hecho mismo de nuestra existencia sobre el que nada podemos hacer”, porqué existimos y porqué dejamos de existir escapa a nuestro intelecto y amplifica al máximo nuestra capacidad de asombro. Es cierto que en los acontecimientos que se producen “dentro” de nuestra existencia gozamos de una determinada capacidad de maniobra, podemos retardar unos, adelantar otros, cambiar algunos y provocar bastantes. A su vez todo aquello que nos circunda intervendrá de una u otra manera en nuestra propia personalidad, pero tendrá lugar dentro de nuestra “existencia” siempre entre los dos límites temporales del “in_vita” y el “ex_vita”, en nuestro flujo de vida, en el fluir de nuestra propia vida, en nuestra “biorrea”.


([1]) José Ortega y Gasset (1883-1955) filósofo español (n. en Madrid) introductor del perspectivismo: teoría del conocimiento según la cual no hay un punto de vista absoluto sobre la realidad, sino diversas perspectivas complementarias, y el raciovitalismo: consistente en considerar la vida como la «realidad radical», como la instancia a la que se subordinan todas las demás realidades, incluida la razón.