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EL ESPAÑOL Y EL DESTELLO DE IDENTIDAD

Hoy he recibido una información que sinceramente desconocía aunque, quizá con un poco de perspicacia por mi parte, la hubiera podido intuir.

 En estos días de vacaciones en que los que todavía llevan a sus espaldas el peso de la crisis se ven forzados a distraerse visitando a la familia y recorriendo las playas de cercanías he tenido ocasión de compartir un fin de semana con mi familia maña. Dado que en Zaragoza tampoco hay playa, la costa valenciana es un buen lugar donde gozar de la familia – colchones al suelo si hace falta – y del acogedor brillo de las playas con bandera azul que aquí disfrutamos todavía.

 Durante alguna de las sobremesas que hemos compartido ha sido inevitable hablar de política, el escándalo Pujol y el fenómeno Podemos la han puesto de moda. No debería ser necesario encontrarnos en situaciones tan extremas para que hablar de política fuera algo habitual, pero si al final sirven para compartir posturas, contraponer opiniones y esclarecer las mentes, no voy a decir que bienvenidas sean pero sí bien aprovechadas.

 Entrando pues en materia, se abrió un amplio debate sobre la situación política española en toda su amplitud, abarcando áreas tan difusas y distantes como el estatuto de los funcionarios públicos, la carrera del cuerpo policial o la igualdad del valor del voto.

 La superación del bipartidismo ha sido punto de coincidencia entre los contertulios, pero las opciones nacionalistas y los extremismos, tanto de derechas como de izquierdas son también opciones no gratas (Pujol y Podemos entran evidentemente en este paquete). Llegados al punto álgido en que esta clase de debates suele derivar con frecuencia, surge la cuestión de a quién votar.

 La familia maña, que conoce perfectamente mis declinaciones políticas [i] tiene claro que tengo claro que los planteamientos upeydianos son aquellos que mejor perspectiva me ofrecen ante la compleja serie de cuestiones de fondo y aún de forma de que adolece la política española de los últimos veinticinco o treinta años.

 Em03_1382_VLC_nrdY he aquí que por uno de los contertulios venidos de la capital maña se argumenta lo siguiente: “Claro que es una alternativa que cabe considerar, pero cuando oigo decir a esta opción política que apoya que el “Corredor Mediterráneo” discurra por la costa sin considerar su paso por Zaragoza para seguir hacia Francia, pues también me planteo si ésta es mi opción de voto o no”.

 No sería acertado quedarnos en lo superficial de la cuestión sin entrar en lo profundo del problema. Me consta que este interlocutor se siente profundamente español, aunque maño, nada nacionalista y menos aún independentista, pero si el corredor mediterráneo ha de pasar por Cataluña y “me ha de hacer pagar peajes por cruzar su territorio, sería mejor para todos que su trayectoria se derivara por Aragón”.

 Claro que, cuando expongo la consideración de que este corredor constituye hoy un ambicioso proyecto de calado europeo, propiciado por el FERRMED, asociación fundada en 2004, cuyo fin es la promoción de un corredor ferroviario transeuropeo que incluye el corredor mediterráneo y que abarca desde Algeciras hasta Estocolmo (el eje Algeciras-Estocolmo alcanza los 3.500 kilómetros, conectando a 245 millones de ciudadanos, el 54% de habitantes de la Unión Europea y el 66% del producto interior bruto europeo) y que con este trazado se propiciaba que sirviera de conexión entre todos los puertos de mar de la costa mediterránea española, como puntos clave de descarga de mercancías transoceánicas o transmediterráneas, entonces la visión del fenómeno osciló.

 No nos quedemos en el detalle, en lo accidental o coyuntural.

 ¿Dónde radica para mí el meollo de la cuestión? pues en la siguiente consideración: resulta que nos encontramos con ciudadanos que se consideran indudablemente españoles, incluso europeos, pero que cuando se trata de algo que “no va a pasar” por su terreno, por su patria chica o por su territorio autonómico, llámese corredor mediterráneo o transvase fluvial, entonces aparece – cual epidemia vírica – la cuestión identitaria: eso lo quiero para mi tierra y no quiero pagar canon de transito por tierras de otros.

 En ese momento queda en entredicho lo español, lo verdaderamente importante, lo que mejor puede redundar en beneficio de todos los españoles, sean andaluces, valencianos, aragoneses o catalanes y es que, lo he dicho en otras ocasiones, los grandes conceptos de lo autonómico, el manejo de la diversidad territorial de España y de sus ciudadanos, cuando no se les sitúa en sus justos términos, deriva en actitud discriminatoria: [ii]

 Esta es sin duda una de las grandes batallas que tenemos pendientes de librar, si queremos que algún día sea posible una España en la que no exista diferencia alguna de derechos, ni en sanidad, ni en educación, ni en libertades, ni en justicia en la que aprendamos que no importa dónde se ubican los factores de producción de riqueza si ésta redunda al final en beneficio de todos los ciudadanos cualquiera que sea el territorio donde se hallen, que tengamos claro que el derecho lo es del ciudadano y no del territorio, que de lo que se trata en política es de derechos y no de sentimientos.

No debería ser tan difícil de asimilar y comprender.

 

[i] Expresado en términos de la acepción del DRAE de la palabra “declinación” como: caída, descenso o declive.

[ii] “El fenómeno identitario no es sino el germen de la actitud discriminatoria, la cual se presenta cuando ponemos límites y fronteras al grupo con el que nos hemos identificado.” https://joelheraklion.wordpress.com/2010/10/25/mistica-y-ascetica-identitaria/

 

 

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DISCIPLINA O DEMOCRACIA

La mitad de la vida que he gozado hasta hoy transcurrió bajo la dictadura, la otra mitad bajo la democracia. Por ello puedo hablar de ambas experiencias quizá con mayor conocimiento de causa que aquellos que tienen la suerte de ser suficientemente jóvenes para haber conocido solo el último período.
Yo tuve la fortuna de ser educado en libertad y jamás necesité la severidad paterno-materna, bastó con la disciplina – que muchos padres jóvenes confunden con rigidez, hartos estamos de conocer situaciones familiares en las que, faltos de disciplina, la rebeldía de sus vástagos les hace claudicar a su dictadura – pero rigidez y disciplina son dos conceptos totalmente distintos, aquella anula la libertad y ésta fomenta la responsabilidad del libre.
Tal confusión prima en demasiadas esferas de la sociedad actual y por ello, con el único empeño de garantizar o patentizar su “talante democrático”, creen que la disciplina esta reñida con la democracia y no es así… ¡no es así! Esta confusión navega no solo entre grupos sociales que podríamos definir como ciudadanos silenciosos (jamás me ha agradado la denominación mediática de “ciudadanos de a pie”) sino también, y lo que es mas lúgubre, entre los políticos y aún si me apuran entre los gobernantes.
Transcurría el año 2009 cuando el Tribunal de Estrasburgo vino a decirnos que lo de Batasuna ya estaba tardando, que el Gobierno español ha tenido legítimo derecho a defender su democracia dejando entrever, para quien sepa entender, que nuestros gobernantes lo podrían haber hecho hace ya treinta años. También éstos, cual padres jovenzuelos, han tenido injustificados escrúpulos con la disciplina, para así poder mantener – a costa de muchas vidas que pudimos habernos ahorrado – el “talante democrático” y a pesar del soporte jurídico que nos ha proporcionado tan excelente sentencia, todavía pulula algún que otro político  – Jesús Eguiguren, por ejemplo, vasco y socialista por más señas – que continúa sintiendo tentaciones de legalizarla de nuevo.
Parece que a estas alturas aún no se ha entendido lo que significa la palabra “democracia”. Esta no consiste tan solo en permanecer indefinidamente abiertos al diálogo como vía de solución de los conflictos – que sí – sino ante todo en que todos acaten lo que determinen las instituciones que entre todos nos dimos sobre aquello que es de su competencia. En eso consiste la disciplina, que viene después de la democracia y sirve además para garantizarla, en respetar y acatar las normas que entre todos nos hemos dado por esa misma vía democrática, y hablo por supuesto de la vigente Constitución española que nada impide modificarla, como ella misma contempla, si se dan las condiciones establecidas, pero sin romper la disciplina que el propio sistema democrático impone mediante la mayoría parlamentaria cualificada necesaria.
El diálogo es como mínimo cosa de dos, si son menos se transforma en monólogo, y tras treinta y algún años intentándolo, incluso por Gobiernos de diferente color, ya tenía el Sr. Eguiguren que haberlo comprendido.

No debemos permitir que sota la falacia de democracia se amague el afán de destruir la disciplina, porque entonces entraríamos en algo que Gustavo Bueno no dudaría en calificar de fundamentalismo democrático, y este mal, este virus ideológico, sigue activo en las mentes de muchos políticos. Y no solo con la cuestión del terrorismo, que es palpitante y tremebunda, sino incluso con la organización interna de los propios partidos donde se está reivindicando en muchas ocasiones «democrácia interna», a costa de romper la disciplina, sin otro resultado que su puesta en peligro, ignorando y transgrediendo las normas que contienen sus propios Estatutos, aquellos que rigen su presencia en el espectro político.

Sin disciplina no hay democracia y sin democracia no hay libertad.
No se puede decir más alto porque está por escrito, ni más claro porque por escrito… está.

El ejercicio democrático es el que realizan los partidos políticos en el Parlamento, en la sociedad, en la calle… pero es peligroso confundir democracia con ausencia de disciplina, es peligroso confundir a la opinión pública con la malhadada idea de que la disciplina implica falta de libertad, porque si al fin no hay disciplina – respeto a las normas emanadas de leyes, de nuestros Estatutos democráticamente aprobados y sentencias constitucionalmente legitimadas – no hay democracia, y sin democracia nunca ha habido ni habrá (con ira o sin ella) libertad.

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MISTICA Y ASCETICA IDENTITARIA

Stephen HawkingEn filosofía, la identidad es la relación que cada entidad mantiene sólo consigo mismo (Robert Audi: The Cambridge Dictionary of Philosophy). Lo místico, derivado del término griego “místikós” (cerrado, arcano o misterioso) es una actitud contemplativa, no racional, que en el uso cotidiano puede ser atribuida a distintas entidades, así hablamos de una mística pagana, una mística cristiana, una mística española, una mística religiosa, una mística teológica… En teología la ascética es la práctica de ejercicios o métodos para alcanzar ese estado místico o contemplativo. Así el yoga no es sino una ascesis que pretende ayudar a alcanzar el máximo estado místico del budismo: el nirvana.

En la relación cotidiana con nuestros semejantes, de manera impremeditada la mayoría de las veces, a través de la categorización nos situamos a nosotros y a los demás dentro de categorías: etiquetar a los demás como rubios, turcos, musulmanes, futbolistas, calvos o melenudos son formas de decir otras cosas acerca de ellos. Otra actitud que desarrollamos instintivamente es la identificación mediante la cual nos asociamos con nuestro grupo para reafirmar nuestra autoestima y establecemos la inmediata comparación con los demás grupos buscando el sesgo favorable hacia aquél con el que nos sentimos identificados. Estas prácticas de categorización, identificación y comparación constituyen propiamente la ascética que nos lleva de la mano a la contemplación mística de lo que se entiende por distinción psicosocial: que se presenta cuando deseamos que nuestra identidad sea a la vez distinta de y positivamente comparable con otros grupos. El fenómeno identitario no es sino el germen de la actitud discriminatoria, la cual se presenta cuando ponemos límites y fronteras al grupo con el que nos hemos identificado.
No habría nada que objetar, si mantuviéramos la pertenencia a un grupo a los únicos efectos de interrelación humana, social, racional, no excluyente, sin perder de vista que aquel grupo en que, de forma primaria, nos situamos no es sino un eslabón de la cadena formada con otros más amplios, con los que fácilmente podemos seguir identificándonos. Cabría hablar así de una mística y una ascética identitaria que no quedase estancada, que “progresara” ampliando el círculo, el perímetro, el radio desde el centro geométrico del que se parte que es el individuo. Así yo soy nacido en Ruzafa, “la terra el ganxo”, una alquería de origen andalusí cuyo nombre significa «jardín» y que hasta 1877 constituyó municipio independiente del de Valencia, por ello puedo afirmar que soy “ruzafeño”. Pero a partir del momento en que aquel municipio, junto con otros poblados del sur que lo integraban, desde el Faitanar hasta el Saler, el Perellonet y la Albufera, pasaron a formar parte del término municipal de Valencia, es evidente que yo soy valenciano. Es así que Valencia se halla en la Comunidad Valenciana, pues debo reconocerme como ciudadano comunitario valenciano. Si seguimos el enlace, se verifica que soy español, y en cuanto alarguemos el radio de mi circulo identitario resulto ser europeo, ciudadano del continente eurasiático y ciudadano del mundo. Por si algún día mis descendientes constatan que hay vida inteligente en otros planetas, dejaré dicho que me identifiquen como ciudadano del universo.
El problema nace cuando en el síndrome identitario se inoculan los virus del narcisismo, a saber: el nepotismo, el chauvinismo, el clientelismo, la xenofobia, etc. virus todos ellos que provocan que en esa comparación ascética busquemos el sesgo favorable, hasta encontrar la distinción psicosocial, es decir, la discriminación por rangos, cualesquiera que estos sean, el “conservadurismo” en suma. Para Stephen Hawking, en su obra interactiva digital “Vida en el Universo”, no existen demasiadas diferencias entre un virus biológico y uno informático, ambos necesitan de un conjunto de instrucciones que indican al sistema como sustentarse y reproducirse, los genes, y un mecanismo para ejecutar tales instrucciones, el metabolismo. Para Hawking el virus informático es más bien una forma degenerada de vida pues solo contiene las instrucciones o genes, pero no el metabolismo en si mismo ya que se limita a reprogramar el ordenador o célula anfitriona. Para él dice mucho el hecho de que la única forma de vida creada por la naturaleza humana haya sido algo meramente destructivo. Existen todavía otras clases de virus igualmente destructivos que están por identificar, los ideológicos.
El Estado de las Autonomías instaurado en España desde la Constitución de 1978, en sí, no debía generar ningún problema salvo el desafortunado invento de los dos caminos para alcanzar tal autonomía: el art. 151 y el 145. Pero salvada esta circunstancia, nada hacía presagiar lo que ha venido después. Sin saberlo, sin advertirlo, los virus narcisistas se han ido infiltrando en las convicciones de “casi todos”, hasta el punto de que para algunos consumir productos alimenticios, agrícolas o ganaderos, de zonas geográficas colindantes o distantes de la propia es poco menos que denigrante. Tales virus no han sido inoculados en nuestro organismo ni en nuestros ordenadores, sino en nuestra mente, en nuestras conciencias, en nuestras creencias, en nuestras ideas, cegando nuestro entendimiento y elevando a categoría de lógico o normal comportamientos de talante discriminatorio, mientras que por otro lado esas mismas voces entonan el cántico a la igualdad y a los derechos humanos. La distinción psicosocial (discriminación) cohabita impúdicamente con la constante apelación al derecho constitucional de igualdad ante la ley y para algunos – demasiados – no supone ningún problema llevarla encima como si de su uniforme de trabajo se tratara.
Es ineludible investigar en la búsqueda de retrovirales efectivos que nos ayuden a recuperar la sanidad mental y el equilibrio ideológico, dando a lo identitario la máxima amplitud de miras, removiendo fronteras ideológicas y derribando límites de conciencia. Es imprescindible devolver a la humanidad la convicción de que la ciudadanía va más allá de su círculo inmediato, más allá incluso de las fronteras geográficas, reconociendo nuestra pertenencia al único grupo posible, el ser humano.
Supongo que más de un lector se ha quedado esperando que hablara de los nacionalismos. Es evidente que, por implícito, resultaba innecesario.

Joel Heraklion Silesio