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DISCIPLINA O DEMOCRACIA

La mitad de la vida que he gozado hasta hoy transcurrió bajo la dictadura, la otra mitad bajo la democracia. Por ello puedo hablar de ambas experiencias quizá con mayor conocimiento de causa que aquellos que tienen la suerte de ser suficientemente jóvenes para haber conocido solo el último período.
Yo tuve la fortuna de ser educado en libertad y jamás necesité la severidad paterno-materna, bastó con la disciplina – que muchos padres jóvenes confunden con rigidez, hartos estamos de conocer situaciones familiares en las que, faltos de disciplina, la rebeldía de sus vástagos les hace claudicar a su dictadura – pero rigidez y disciplina son dos conceptos totalmente distintos, aquella anula la libertad y ésta fomenta la responsabilidad del libre.
Tal confusión prima en demasiadas esferas de la sociedad actual y por ello, con el único empeño de garantizar o patentizar su “talante democrático”, creen que la disciplina esta reñida con la democracia y no es así… ¡no es así! Esta confusión navega no solo entre grupos sociales que podríamos definir como ciudadanos silenciosos (jamás me ha agradado la denominación mediática de “ciudadanos de a pie”) sino también, y lo que es mas lúgubre, entre los políticos y aún si me apuran entre los gobernantes.
Transcurría el año 2009 cuando el Tribunal de Estrasburgo vino a decirnos que lo de Batasuna ya estaba tardando, que el Gobierno español ha tenido legítimo derecho a defender su democracia dejando entrever, para quien sepa entender, que nuestros gobernantes lo podrían haber hecho hace ya treinta años. También éstos, cual padres jovenzuelos, han tenido injustificados escrúpulos con la disciplina, para así poder mantener – a costa de muchas vidas que pudimos habernos ahorrado – el “talante democrático” y a pesar del soporte jurídico que nos ha proporcionado tan excelente sentencia, todavía pulula algún que otro político  – Jesús Eguiguren, por ejemplo, vasco y socialista por más señas – que continúa sintiendo tentaciones de legalizarla de nuevo.
Parece que a estas alturas aún no se ha entendido lo que significa la palabra “democracia”. Esta no consiste tan solo en permanecer indefinidamente abiertos al diálogo como vía de solución de los conflictos – que sí – sino ante todo en que todos acaten lo que determinen las instituciones que entre todos nos dimos sobre aquello que es de su competencia. En eso consiste la disciplina, que viene después de la democracia y sirve además para garantizarla, en respetar y acatar las normas que entre todos nos hemos dado por esa misma vía democrática, y hablo por supuesto de la vigente Constitución española que nada impide modificarla, como ella misma contempla, si se dan las condiciones establecidas, pero sin romper la disciplina que el propio sistema democrático impone mediante la mayoría parlamentaria cualificada necesaria.
El diálogo es como mínimo cosa de dos, si son menos se transforma en monólogo, y tras treinta y algún años intentándolo, incluso por Gobiernos de diferente color, ya tenía el Sr. Eguiguren que haberlo comprendido.

No debemos permitir que sota la falacia de democracia se amague el afán de destruir la disciplina, porque entonces entraríamos en algo que Gustavo Bueno no dudaría en calificar de fundamentalismo democrático, y este mal, este virus ideológico, sigue activo en las mentes de muchos políticos. Y no solo con la cuestión del terrorismo, que es palpitante y tremebunda, sino incluso con la organización interna de los propios partidos donde se está reivindicando en muchas ocasiones «democrácia interna», a costa de romper la disciplina, sin otro resultado que su puesta en peligro, ignorando y transgrediendo las normas que contienen sus propios Estatutos, aquellos que rigen su presencia en el espectro político.

Sin disciplina no hay democracia y sin democracia no hay libertad.
No se puede decir más alto porque está por escrito, ni más claro porque por escrito… está.

El ejercicio democrático es el que realizan los partidos políticos en el Parlamento, en la sociedad, en la calle… pero es peligroso confundir democracia con ausencia de disciplina, es peligroso confundir a la opinión pública con la malhadada idea de que la disciplina implica falta de libertad, porque si al fin no hay disciplina – respeto a las normas emanadas de leyes, de nuestros Estatutos democráticamente aprobados y sentencias constitucionalmente legitimadas – no hay democracia, y sin democracia nunca ha habido ni habrá (con ira o sin ella) libertad.

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SEXUALIDAD SIN PREFIJO

Aunque alguien pretenda cuestionarlo, me parece axiomático afirmar que el concepto de familia es un producto cultural además de relativamente moderno, considerando el término moderno en “tiempos sociológicos”: aquellos que transcurren desde que el hombre se organizó en una incipiente sociedad estable y la actualidad. Los “tiempos humanos” comenzarían mucho antes, con las distintas especies de hombres que en un determinado ciclo geológico convivieron con la nuestra (Neandertales, cromagnones… etc). Ambos determinados “tiempos” se incardinan en el Eón Fanerozoico coincidente con nuestra prehistoria y nuestra historia. Los “tiempos históricos” serán pues los más próximos, aquellos de los que tenemos noticia escrita o documentada.El concepto de familia tuvo que aparecer necesariamente mucho después de que se socializara el hombre, fuere cuando fuere que éste alcanzó la capacidad cerebral máxima. Primero debieron constituirse, de forma muy espontánea, los “núcleos de convivencia” algo que parece más consustancial con la herencia inmediata de nuestros cercanos predecesores. Involuntariamente, o no, al referirnos a un nido o madriguera de alguna especie animal lo hacemos diciendo que está ocupado por una “familia” de águilas o de suricatas, pero los animales – irracionales(¿) – jamás constituyeron verdaderas familias, salvo las taxonómicas, no pasaron de núcleos de convivencia y es desde esta perspectiva que intuyo – especulo – que éstos fueron antes que aquella, núcleos casi siempre temporales, pocas veces en el reino animal encontramos casos de emparejamiento de por vida aunque ciertamente se dan, pero lo frecuente y sobre todo entre los mamíferos es la aparición de clanes mayoritariamente poligámicos – debería permitirse el uso del término “polihémbricos” – en los que el macho solo permanece en el núcleo hasta ser desterrado por otro más fuerte que él y que en el mejor de los casos usurpa su “harén” y en el peor aniquila su descendencia. Parece coherente conjeturar que las primitivas generaciones de humanos debieron mantener el estatus polihémbrico y el hábito, cuando la situación fuera propicia, de destronar ancianos y niños y adueñarse de las mujeres. Para algunos antropólogos y sociólogos en estos núcleos de convivencia era normal el infanticidio y la expulsión del núcleo familiar de los enfermos que no podían trabajar.Pero estos núcleos no se formaban exclusivamente para satisfacer las necesidades de sexo y procreación, aunque resulte evidente que, al igual que en los irracionales, el sexo es el fin primordial del apareamiento – la libido no es sino una socaliña más de la “esencia vital” (l’elán vital) para garantizar su propia continuidad en la biosfera – la procreación viene a continuación pero, como decía, no fueron los únicos objetivos. Manteniendo el parangón con los brutos la ayuda mutua jugaba un papel nada despreciable. Estoy seguro de abrir polémica al afirmar que la invención del machismo no fue cosa del humano, sino de la que se conoce vulgarmente como naturaleza y que yo he sintetizado en “esencia vital”, pero es mi propósito tener las manos libres para volar con mi imaginación sustentándome en las alas de mi propia experiencia vital para avalar que mi intención no es polemista así como que mi opinión no es peregrina solo que sí tal vez insólita, en modo alguno insolente. Trataré de explicarlo.

He presentado la ayuda mutua como una de las raíces de la creación de núcleos de convivencia insistiendo en el hecho de que este beneficio ya era buscado por otras especies de bestias, principalmente mamíferas, taxón de los cordados en que es la hembra la única que, durante los primeros meses o incluso años, tiene la posibilidad de alimentar las crías lo que la obliga a mantenerse casi todo el tiempo junto a ellas asumiendo así su labor de cuidadora. El macho, si desea que su progenie prospere, tiene que preservarlos de las amenazas exteriores y en muchos casos suministrar el alimento para ambos padres con lo que adquiere su cometido de protector y proveedor. ¿Acaso no están aquí latentes los roles futuros del hombre y la mujer en un contexto que nadie dudaría hoy en calificar de plenamente machista? Más aún. Si exceptuamos la partenogénesis y algún otro método de reproducción vegetativa y por esporas, la inmensa mayoría de las especies animales y vegetales han proliferado por medio de la reproducción sexuada, a través de la fecundación del gameto femenino por el masculino.

Antonio GalaEsta y no otra ha sido la causa de una de las grandes controversias en la especie homo sapiens, y no estoy hablando de machismo, sino de identificación sexual. Antonio Gala, en su obra literaria “Dedicado a Tobías” (Ed. Planeta, 1988), lanza una mirada esperanzada sobre el ser humano y torva sobre la sociedad: “Hubo un tiempo en que el ser humano… …se puso de puntillas y creció. Por eso se llamó Renacimiento: porque renació el hombre… … pero aquel hombre disponible y completo – matrimonio de la razón y de las fuerzas escondidas, sede del bien y el mal, investigador de la alquimia y la química, de la magia y la técnica, de la ciencia como arte y el arte como ciencia – no vivió mucho. Lo mató la política, fraccionando su mundo en naciones belicosas. Lo mató el pensamiento, empequeñecido por el racionalismo. Lo mató la ciencia mecanicista y desilusionada. Lo mató la religión, que ciñó el orbe a su mediocridad…”

Pues bien, es esa sociedad todavía inmadura la que mantiene una inexplicable actitud discriminatoria sobre las distintas condiciones sexuales. Como decía al principio si la ayuda mútua es el primer fundamento sociológico de los grupos de convivencia que luego han derivado en diversos conceptos de familia ¿porqué una familia tiene que estar constituida por individuos de distinto sexo? ¿Es que la ayuda mútua solo es posible en este caso? Es cierto que el hombre está “renaciendo de puntillas” porque el resto no lo deja crecer como un “hombre disponible y completo” hasta el punto de que para luchar por una “IGUALDAD REAL Y EFECTIVA” se hace necesario promover acciones que, bajo otra perspectiva social deberían ser innecesarias, como la del día del orgullo gay.

La homo-sexualidad, la hetero-sexualidad, la bi-sexualidad, la trans-sexualidad son disquisiciones que, lejos de combatir la discriminación, la remarcan al ponerle el “prefijo”. Todo es “sexualidad” todos somos “sexuales” y sus variantes deberían resultar socialmente indiferentes, neutras, indistintas; principalmente y quizá desde un arranque egoísta porque tal distinción ni beneficia al sujeto ni perjudica a los demás y mientras esta indiferencia no nos alcance a todos, incluidos los propios interesados, la humanidad no habrá descubierto su madurez social por mucho que haya logrado la científica o intelectual.
El orgullo de ser persona humana.

En la misma obra antes citada de Antonio Gala, afirma: “Si a un hombre pueden considerarlo un deshecho los otros hombres, la Humanidad es un estercolero.

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Fernando Savater o el aristócrata platónico

“Los sabios hablan porque tienen algo que decir, los tontos porque tienen que decir algo” – Platón -.

Recientemente un compañero de UPyD, Eduardo Gómez, publicaba en la web del partido un sabroso y espléndido artículo Las piedras reptantes del valle de la muerte en el que, desde mi óptica, resaltaba dos cosas: una muy interesante reflexión sobre el deterioro del lenguaje y la decadencia de las palabras, y otra muy preocupante sobre la evolución en el tiempo de las relaciones humanas, sociales e interpersonales y el quebranto que, con el transcurso de la historia, han ido sufriendo los valores humanos creando una grave altercación de la escala axiológica.

Andaba pues yo meditando sobre “aquestas porfías” cuando me vino a la memoria que en el bachillerato humanista de los años cincuenta – el que yo estudié – en la asignatura de Filosofía (porque entonces se llamaban asignaturas y no materias ni temas) y concretamente investigando a Platón se nos explicaba que para este grandísimo filósofo la aristocracia consistía en el gobierno del pueblo por “los mejores”, (aristos significa “el mejor” en griego clásico). Sin embargo en la actualidad el significado de este término se ha deteriorado para acabar identificando como aristocracia a la nobleza y a las clases altas que, por tradición o linaje, son reconocidas como tales en la sociedad actual. He aquí otra manifestación de la decadencia de las palabras y de la subversión del escalafón de los valores.

Evidentemente casi dos mil quinientos años después, la palabra aristocracia puede no significar lo mismo, empero para Platón el estado ideal era aquel en que «los filósofos deben convertirse en reyes (gobernantes)… o esos a los que hoy se llama reyes (gobernantes)… deben filosofar genuina y adecuadamente» (La República, 473c). Esto era para él la “aristo-cracia”.

Ni que decir tiene que me gustaría rescatar el significado original del término, tratando de casarlo con el de democracia, sistema que por cierto menospreciaba el propio Platón porque para él ésta no suponía la elección de los mejores candidatos para gobernar, sino que en ella todas las personas están habilitadas en igualdad de condiciones para acceder al poder, considerando por igual a trabajadores, vagos, intelectuales, estudiantes, delincuentes y ciudadanos honorables, por lo que el resultado no garantizaba la elección de los mejores gobernantes o mayorías cualitativas, sino de las masas o mayorías cuantitativas.

Quizá pudo ser cierto entonces pero me gustaría creer que esta situación ha cambiado con los tiempos. Hace ya algún que otro siglo que la acción política – la ideología de uno u otro signo – se ha venido inspirando en filósofos-ideólogos que han ido marcando los paradigmas desde los cuales se han desarrollado distintas acciones políticas, así Hegel, Engels, Adam Smith, Keynes, Friedman y otros han ido sembrando el germen sobre el que políticos y activistas sociales han desarrollado lo que luego ha dado lugar a ideologías tales como el socialismo, el capitalismo, el liberalismo y que por un simple efecto de ubicación en los hemiciclos han derivado en las tan manidas derechas, izquierdas y centros.

Tengo la certeza, la convicción, de que un nuevo paradigma ha entrado en lid para desplazar de una vez por todas las viejas ideologías. Hace ya casi veinte años que distintos pensadores, escritores de renombre, algún que otro círculo de opinión y foros de debate han venido advirtiendo, quizá con tímido acento, de la herrumbre que recubre el taño de estas trasnochadas ideologías. El pluralismo cultural, las imbricaciones de la economía mundial, la internacionalización de los mercados, el declive del marxismo, la desarticulación del capitalismo como elemento distorsionador y generador de una economía de clases, la globalización en su sentido más amplio, y el auge que cualitativa y cuantitativamente han experimentado las mal llamadas clases medias, irrumpiendo en las distintas sociedades como engranaje de mayor peso específico entre los otros dos estratos sociales, cada vez más reducidos y minoritarios, todos estos factores evidencian que las políticas, los políticos y las ideas precisan de una renovación, de un nuevo paradigma que es necesario hacer llegar a la conciencia de una sociedad que todavía no se ha dado cuenta de ello.

Por eso he querido rescatar la idea del gobierno de “los mejores” que ha permanecido olvidada durante más de dos mil años, de los aristócratas de la política, de los aristócratas platónicos, de políticos que “filosofen genuina y adecuadamente” que cambien los paradigmas y que cambien la sociedad. Solo que la «falta de sentido de Estado de las dos principales formaciones, obsesionados con mantener el establishment para que no cambie nada» y la proliferación de los «mangantes de la política, como uno de los principales problemas de España» como ha resaltado Rosa Díez, está propiciando un clima de desencanto que se constituye en caldo de cultivo para la aparición de políticos populistas, políticos desaprensivos, advenedizos oportunistas mediáticos y lo que es peor aún, la aceptación por parte de algunos foros de opinión de que la absoluta falta de formación y de cultura no supone inconveniente alguno para que aquellos que, de una u otra forma pretendan regir los destinos de los ciudadanos y ciudadanas, accedan a las instituciones.

Este es sin duda el gran reto de UPyD, hacer saber a los ciudadanos que lo que mayoritariamente anhelan ya está en el ideario de un partido político nuevo, joven y transversal como es Unión, Progreso y Democracia, conseguir que todos los estratos sociales, incluido el intermedio que constituye el basamento más estable, denso y consistente del Estado, lleguen a identificar a UPyD como aquel partido político que responde a unas aspiraciones todavía no satisfechas por nadie, abriendo de una vez por todas sus esperanzas hacia la convicción de que otra forma de hacer política es posible, más que posible, es real.

Es imprescindible contar con Fernando Savater para ello.

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POLLYANNA

A mi amigo y admirado bloguero, coautor de sustanciosas entradas en  Destructopía dual, Julio Lleonart, le ha faltado tiempo para publicar la siguiente: “Análisis frío y divulgativo de las elecciones autonómicas catalanas de 2010” y en ella advierte: Que nadie espere en esta entrada un análisis de los resultados de UPyD, no me corresponde a mí hacerlo. Desconozco demasiado cómo se ha llevado la campaña, los medios y el objetivo esperado como para poder hacer un análisis serio y fiable.”

Vale la pena leerla y no le falta razón al esgrimir tal prevención, yo también me declaro ígnaro de cuales han sido los medios, el objetivo marcado y la gestión de la campaña, pero tales datos serían necesarios tan solo para poder realizar una valoración de los resultados obtenidos con respecto a las expectativas creadas, para evaluar el éxito o el fracaso, para sancionar la gestión, etc. para lo cual me reitero incompetente, totalmente incapaz, o incapacitado, como se quiera. Pero sí creo que es posible elucubrar al respecto, “sine iudicii animus”, para tratar al menos de realizar las oportunas reflexiones y obtener las posibles consecuencias, no de los resultados de las elecciones catalanas en general, sino de los resultados concretos de UPyD en particular, y no me voy a privar de ello.

Toda historia tiene un principio y todavía se está escribiendo el principio de la historia de UPyD. Esta formación política consiguió, habida cuenta de lo caro en votos que resultó, un satisfactorio escaño en las elecciones generales de 2008, otro en las elecciones al Parlamento vasco y otro en las del Parlamento europeo, estos dos últimos en 2009. Alguien pudo pensar que este goteo, por escaso que parezca, podría mantenerse en las recién terminadas autonómicas de Cataluña, pero quien así lo haya augurado no se pregona precisamente de buen oráculo, porque olvida – o ignora – que todavía se está construyendo la historia de UPyD. Sencillamente está jugando a la “gallinita ciega”, a ver si por suerte me topo con algún escaño en el camino, y este –permítaseme la pertinacia – no es el camino.

Los resultados son los que han sido, 5.293 votos en toda Cataluña, y eso ya es un dato, es una realidad de la que partir y supone tanto como poder dejar de seguir jugando a la “gallinita ciega”, como sucederá igualmente en mayo de 2011, en las elecciones autonómicas y municipales del resto de España, del resto de España insisto, porque si ya se han celebrado las del País Vasco y las de Cataluña, que son dos partes diferentes de España cada una, faltan las del resto.

Después de aquellos ya próximos comicios UPyD tendrá ya un suelo, un suelo electoral puntualmente evaluado para cada uno de los territorios donde concurra, ya sea en los distintos gobiernos autonómicos o en los posibles ayuntamientos donde se presente y será entonces cuando comenzará de verdad a escribir su historia, contará ya con los precedentes imprescindibles para poder “hacer camino al andar”. UPyD está en su Km. 0 y tiene aún todo por recorrer y ha de comenzar a prepararse para los maratones que tiene por delante, tiene que preparar sus medios, sus estrategias y sobre todo tiene que preparar a sus atletas, a los que han de protagonizar esos maratones para lo que han de estar suficientemente formados y gozar del necesario “fondo” para llegar, cual Filípides griego, hasta la meta.

No hay ninguna razón para ser pesimistas, antes al contrario hay que ser realistas y, si me apuran, optimistas. Hay que dejar de jugar a la “gallinita ciega” y elegir el juego de Pollyanna, el que le enseñó su padre cuando residía con él en misiones en aquel día en que, esperando una remesa de regalos para los niños pobres entre los que se encontraba ella, y deseando fervientemente una muñeca, le enviaron un par de muletas. Pollyanna ante la decepción se turbó y cayó en melancolía y fue entonces cuando su venerable padre le enseñó el juego del “alegrarse”. ¿De qué puedo alegrarme padre – inquirió la niña – si yo no necesito unas muletas? A lo que su sabio progenitor le contestó: “Precisamente de eso hija, de que no las necesitas”.

Voy a prescindir de los 5.293 votos que ha obtenido UPyD en estos comicios, pero voy a plantear el escenario que ha quedado a la vista tras ellos, sin entrar en valoraciones de quién ha perdido o quién ha ganado, no me interesa a estos efectos.

El PSC-PSOE ha obtenido algo más de 570.000 votos; el PP 384.000 y algún pico (podemos redondear a miles sin que desvirtuemos el análisis); C,s 105.000; nulos 21.000; en blanco 92.000; (con respecto a estos dos últimos datos reitero el análisis del blog de Julio Lleonart); y por último una abstención de 2.095.000 votantes. El total de personas que no han votado opciones nacionalistas asciende a casi 3.270.000. Como no está suficientemente esclarecida, al menos para mí, la línea ideológica de las demás formaciones no consideradas aquí no puedo situarlas desde el prisma identitario, pero para que el error no perjudique mis estimaciones voy a considerar que todas ellas tienen un mayor o menor sesgo nacionalista, algunas claramente identitarias, sin ningún sesgo.

Juguemos a Pollyanna: si de 5.230.000 ciudadanos de Cataluña con derecho a voto, al menos 3.270.000 electores no han votado nacionalista para que el lector no tenga necesidad de sacar la calculadora le informo de que yo ya lo he hecho y esto supone que el 62’52 % del voto en Cataluña, es, como poco, no identitario. ¿Hay o no hay “tajo” donde afanarse? ¿Es o no es un auténtico maratón lo que queda pendiente? ¿De qué podemos “alegrarnos”? Precisamente de eso, de todo lo que le queda por hacer a UPyD, de que hay mucho por lo que trabajar y de que tiene por ello que seguir trabajando, trabajando duro, sin descanso pero sin desmayo.

A mi me sigue divirtiendo jugar al juego de Pollyanna.

Pollyanna es una novela de Eleanor H. Porter publicada en el año 1913. Cuenta la historia de una niña, hija de misioneros que, al quedar huérfana de padre y madre, es enviada a vivir con su estricta Tía Polly. Educada con optimismo por parte de su padre, usa el juego que éste le enseñó de encontrar el lado bueno de cualquier situación para alegrar la vida de todos los que la rodean.

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MISTICA Y ASCETICA IDENTITARIA

Stephen HawkingEn filosofía, la identidad es la relación que cada entidad mantiene sólo consigo mismo (Robert Audi: The Cambridge Dictionary of Philosophy). Lo místico, derivado del término griego “místikós” (cerrado, arcano o misterioso) es una actitud contemplativa, no racional, que en el uso cotidiano puede ser atribuida a distintas entidades, así hablamos de una mística pagana, una mística cristiana, una mística española, una mística religiosa, una mística teológica… En teología la ascética es la práctica de ejercicios o métodos para alcanzar ese estado místico o contemplativo. Así el yoga no es sino una ascesis que pretende ayudar a alcanzar el máximo estado místico del budismo: el nirvana.

En la relación cotidiana con nuestros semejantes, de manera impremeditada la mayoría de las veces, a través de la categorización nos situamos a nosotros y a los demás dentro de categorías: etiquetar a los demás como rubios, turcos, musulmanes, futbolistas, calvos o melenudos son formas de decir otras cosas acerca de ellos. Otra actitud que desarrollamos instintivamente es la identificación mediante la cual nos asociamos con nuestro grupo para reafirmar nuestra autoestima y establecemos la inmediata comparación con los demás grupos buscando el sesgo favorable hacia aquél con el que nos sentimos identificados. Estas prácticas de categorización, identificación y comparación constituyen propiamente la ascética que nos lleva de la mano a la contemplación mística de lo que se entiende por distinción psicosocial: que se presenta cuando deseamos que nuestra identidad sea a la vez distinta de y positivamente comparable con otros grupos. El fenómeno identitario no es sino el germen de la actitud discriminatoria, la cual se presenta cuando ponemos límites y fronteras al grupo con el que nos hemos identificado.
No habría nada que objetar, si mantuviéramos la pertenencia a un grupo a los únicos efectos de interrelación humana, social, racional, no excluyente, sin perder de vista que aquel grupo en que, de forma primaria, nos situamos no es sino un eslabón de la cadena formada con otros más amplios, con los que fácilmente podemos seguir identificándonos. Cabría hablar así de una mística y una ascética identitaria que no quedase estancada, que “progresara” ampliando el círculo, el perímetro, el radio desde el centro geométrico del que se parte que es el individuo. Así yo soy nacido en Ruzafa, “la terra el ganxo”, una alquería de origen andalusí cuyo nombre significa «jardín» y que hasta 1877 constituyó municipio independiente del de Valencia, por ello puedo afirmar que soy “ruzafeño”. Pero a partir del momento en que aquel municipio, junto con otros poblados del sur que lo integraban, desde el Faitanar hasta el Saler, el Perellonet y la Albufera, pasaron a formar parte del término municipal de Valencia, es evidente que yo soy valenciano. Es así que Valencia se halla en la Comunidad Valenciana, pues debo reconocerme como ciudadano comunitario valenciano. Si seguimos el enlace, se verifica que soy español, y en cuanto alarguemos el radio de mi circulo identitario resulto ser europeo, ciudadano del continente eurasiático y ciudadano del mundo. Por si algún día mis descendientes constatan que hay vida inteligente en otros planetas, dejaré dicho que me identifiquen como ciudadano del universo.
El problema nace cuando en el síndrome identitario se inoculan los virus del narcisismo, a saber: el nepotismo, el chauvinismo, el clientelismo, la xenofobia, etc. virus todos ellos que provocan que en esa comparación ascética busquemos el sesgo favorable, hasta encontrar la distinción psicosocial, es decir, la discriminación por rangos, cualesquiera que estos sean, el “conservadurismo” en suma. Para Stephen Hawking, en su obra interactiva digital “Vida en el Universo”, no existen demasiadas diferencias entre un virus biológico y uno informático, ambos necesitan de un conjunto de instrucciones que indican al sistema como sustentarse y reproducirse, los genes, y un mecanismo para ejecutar tales instrucciones, el metabolismo. Para Hawking el virus informático es más bien una forma degenerada de vida pues solo contiene las instrucciones o genes, pero no el metabolismo en si mismo ya que se limita a reprogramar el ordenador o célula anfitriona. Para él dice mucho el hecho de que la única forma de vida creada por la naturaleza humana haya sido algo meramente destructivo. Existen todavía otras clases de virus igualmente destructivos que están por identificar, los ideológicos.
El Estado de las Autonomías instaurado en España desde la Constitución de 1978, en sí, no debía generar ningún problema salvo el desafortunado invento de los dos caminos para alcanzar tal autonomía: el art. 151 y el 145. Pero salvada esta circunstancia, nada hacía presagiar lo que ha venido después. Sin saberlo, sin advertirlo, los virus narcisistas se han ido infiltrando en las convicciones de “casi todos”, hasta el punto de que para algunos consumir productos alimenticios, agrícolas o ganaderos, de zonas geográficas colindantes o distantes de la propia es poco menos que denigrante. Tales virus no han sido inoculados en nuestro organismo ni en nuestros ordenadores, sino en nuestra mente, en nuestras conciencias, en nuestras creencias, en nuestras ideas, cegando nuestro entendimiento y elevando a categoría de lógico o normal comportamientos de talante discriminatorio, mientras que por otro lado esas mismas voces entonan el cántico a la igualdad y a los derechos humanos. La distinción psicosocial (discriminación) cohabita impúdicamente con la constante apelación al derecho constitucional de igualdad ante la ley y para algunos – demasiados – no supone ningún problema llevarla encima como si de su uniforme de trabajo se tratara.
Es ineludible investigar en la búsqueda de retrovirales efectivos que nos ayuden a recuperar la sanidad mental y el equilibrio ideológico, dando a lo identitario la máxima amplitud de miras, removiendo fronteras ideológicas y derribando límites de conciencia. Es imprescindible devolver a la humanidad la convicción de que la ciudadanía va más allá de su círculo inmediato, más allá incluso de las fronteras geográficas, reconociendo nuestra pertenencia al único grupo posible, el ser humano.
Supongo que más de un lector se ha quedado esperando que hablara de los nacionalismos. Es evidente que, por implícito, resultaba innecesario.

Joel Heraklion Silesio